—Traes un copo de nieve en el hombro.
—Mmm —respondió Agustín.
Ambos entraron hombro con hombro y escucharon a los dos ancianos discutiendo acaloradamente.
—¡Esteban, viejo necio!
—¡No dijiste eso cuando se rompió el compromiso entre Luciana y Emilio!
—Emilio sigue soltero hasta la fecha, ¡y todo es culpa de tu hija Luciana!
Ezequiel tenía una voz potente, para nada parecía un enfermo.
Esteban no se quedó atrás:
—¿Cómo va a ser culpa de Luciana?
—Han pasado años desde que se rompió el compromiso; es él quien no quiere casarse.
—¿Acaso crees que Emilio ha estado esperando a Luciana todos estos años?
—Está claro que no le gustó ninguna de las mujeres que le quisiste imponer, por eso decidió no casarse.
Se decía que, en el pasado, Ezequiel, desesperado por casar a su hijo menor, le había impuesto varias mujeres, pero Emilio las había echado a todas.
Las echaba de mala manera, desaliñadas y en un estado lamentable.
En Viento Claro, ¿quién no había oído que Emilio “era un santo” y que no andaba con mujeres?
Otros decían que, como su prometida se había fugado con otro, odiaba a las mujeres y había perdido el interés en ellas.
Hubo un tiempo en que hasta Ezequiel creyó esos rumores.
Llegó al punto de que, cada vez que veía a su hijo con un hombre, ponía a alguien a vigilarlos.
Más tarde, al ver que su hijo realmente se negaba a casarse, Ezequiel intentó ceder.
Le pidió que tuviera un hijo, solo para dejar descendencia a la familia Sandoval.
Le dijo que si quería estar con hombres, que hiciera lo que quisiera, que él ya no se metería.
Emilio se enfureció tanto que le prohibió al anciano volver a tocar el tema.
No le gustaban los hombres, pero a los ojos de su padre, si tenía un secretario varón, ya parecía que tenían algo que ver.
¿Quién podría soportar eso?
—Y eso de que a Emilio le gustan los hombres... —continuó Esteban—. Yo creo que solo desarrolló una rebeldía para llevarte la contraria, por eso no se casa.
—En lugar de buscar la causa en ti mismo, ¡eres muy bueno para echarle la culpa a los demás!


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