Si Ceci no quería, nadie podría ir a cuidarla, ni aunque quisieran.
—Está bien —cedió Esteban—. Quédate a comer algo sencillo con nosotros este mediodía. ¿Ya le avisaste a Ceci que vendrías a Viento Claro?
Si su nieta lo sabía, probablemente no se iría con los profesores.
—Ya le llamé. Reservé los vuelos para la noche, la llevaré de regreso a Villa Solana.
Esteban le lanzó una mirada perspicaz.
—Tu tía te mandó específicamente porque tenía miedo de que Ceci se quedara a pasar las fiestas en Viento Claro, ¿verdad?
Raúl sonrió inocentemente.
—¿Cómo cree?
El patriarca de los Ortega no era fácil de engañar; había visto las intenciones de la abuela de inmediato.
—¡Jum! —bufó Esteban, sin creerse ni una palabra.
***
Mientras tanto, Cecilia regresó a la escuela. En el dormitorio solo quedaba Zulema Alcántara. Al ver entrar a Cecilia, se puso muy contenta.
—Ceci, qué bueno que llegaste. Me daba miedo estar sola en el dormitorio.
La noche anterior Zulema había dormido sola; dio vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño y a medianoche terminó levantándose para resolver dos exámenes de práctica. No había remedio, si no hacía ejercicios matemáticos no podía dormir, así que prefirió estudiar.
Cecilia notó sus ojeras.
—Perdón, tuve que quedarme en casa de unos parientes anoche y no pude volver. El profe dijo que saldríamos a las nueve, ¿verdad?
Ya casi era la hora de reunión. Cecilia ya tenía sus cosas empacadas, solo necesitaba agarrar las maletas. Lo que había quedado suelto, Zulema ya se lo había guardado.


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