Cecilia y Agustín iban en el coche, sin enterarse de lo que pasaba en la habitación.
Primero pasaron a comprar algunas cosas necesarias y luego se dirigieron juntos a la residencia de la familia Ortega.
—¿Y si voy yo sola y tú te regresas? —preguntó Cecilia, dudando un poco al ver que la casa de los Ortega estaba cada vez más cerca. Miró a Agustín de reojo.
¿Llevar a Agustín no sería buscarle cinco patas al gato? Estaba segura de que al abuelo no le haría ninguna gracia verlos juntos.
—Ya estamos aquí. Si no entro a saludar a Don Esteban, probablemente se moleste más y parecerá una falta de educación —respondió Agustín.
Él sabía perfectamente lo que Cecilia estaba pensando, pero ya que habían llegado, no tenía sentido quedarse afuera.
Cecilia lo pensó mejor y admitió que tenía razón.
Al llegar a la puerta de la residencia Ortega, Agustín llamó.
El mayordomo abrió y, al ver a Agustín, se mostró ligeramente sorprendido.
—Señor Sandoval.
Pero cuando vio a Cecilia detrás de él, su expresión cambió a una de pura alegría.
—¿La señorita Cecilia ha vuelto?
Sin darles tiempo a reaccionar, el mayordomo exclamó:
—¡Ahorita mismo le aviso al señor!
Ambos siguieron al mayordomo hacia el interior, apenas pudiendo seguirle el paso de lo rápido que iba.
—¡Señor, la señorita Cecilia ha regresado!
El grito del mayordomo no solo alertó a Esteban Ortega, sino también a las visitas que estaban hoy en la casa.
Las invitadas eran Nora Palacios, la cuñada de Lourdes, y su hija Zoe. También estaban Helena Ortega y su hija Aurora.
Aurora se alegró al instante al escuchar que Cecilia había vuelto.
—¿No decían que Ceci se había ido a su pueblo? —Aurora quiso salir a recibirla, pero su madre la detuvo.
—¿Por qué te emocionas tanto? —le recriminó Helena—.
»Claro que iba a venir corriendo a Viento Claro, es su oportunidad para quedar bien.

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