—Va, váyanse con cuidado.
Alba se despidió de ellos con un gesto despreocupado y entró a la habitación con una sonrisa pícara. Fabián no estaba dormido. Al ver a Alba, su actitud fue fría.
—¿Qué haces aquí?
Al ver que él seguía con esa cara de pocos amigos, Alba resopló.
—Escuché que casi te mueres, así que vine a ver el chisme.
—Pues ya viste, ya te puedes ir. —Fabián giró la cabeza hacia el otro lado, como si no quisiera ni verla.
—Fabián, ¿hasta cuándo vas a seguir con tus berrinches? Te acabas de salvar de milagro, ¿no tienes nada que decirme?
Al pensar que estuvo a punto de no volver a verlo, a Alba se le subió el coraje.
—Alba, lo nuestro no tiene futuro. No tiene caso seguir perdiendo el tiempo. Tu vida es brillante, y la mía está llena de peligros. Eso no es lo que te gusta.
Fabián trató de razonar con ella. El padre de Alba también tenía un trabajo peligroso, y ella decía que de niña vio a su madre vivir con el Jesús en la boca, por lo que no quería un hombre que se dedicara a lo mismo. Pero Fabián eligió ese camino, sabiendo que eso lo hacía incompatible con Alba. Siempre decía que ella no era su tipo, que no encajaban.
—Fabián, ¿por qué eres tan terco?
Alba tuvo ganas de aventarle la bolsa, pero al verlo tan débil, se contuvo y la dejó a un lado.
—No es terquedad, es que no quiero arruinarte la vida —dijo Fabián con franqueza—. Ya no eres una niña, y en tu casa te presionan para casarte. Mejor búscate un hombre adecuado y cásate.
—¿Un hombre adecuado? —Alba estaba furiosa—. A ver, dime tú, ¿quién es adecuado para mí? ¿Por qué no me escoges uno de tu círculo y me caso con él? Tú dime quién, y yo me caso. ¿Cómo ves?
Alba tenía los ojos rojos de rabia y tristeza.

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