—No se quiten los zapatos, luego le digo a la señora de la limpieza que se encargue —dijo Cecilia. No tenía ninguna intención de ponerse a barrer.
Encendió la televisión y los tres se acomodaron en el sofá. Eligieron un anime de detectives, de esos que te hacen pensar y que encajaba con los gustos de los tres.
Raúl y Ciro regresaron poco después.
Sandra, que ya conocía a Raúl, se levantó de inmediato para saludar.
Quintín la imitó y saludó con un respetuoso: «Buenas tardes, señor Raúl».
Cecilia aprovechó para presentarles a Ciro. Ambos lo saludaron por su nombre.
—Gracias por el esfuerzo, Ciro. Ceci nos dijo que hoy eres el chef oficial.
—Así es. ¿Tienen alguna alergia o algo que no coman?
Sandra y Quintín mencionaron sus preferencias sin rodeos, y Cecilia hizo lo mismo. Como ninguno era melindroso, Ciro armó un menú rápido y preparó cinco platillos y una sopa.
Hizo un guisado de carne picante, fajitas de res, camarones al ajillo, verduras salteadas, alitas de pollo adobadas y, para rematar, una sopa de albóndigas con tomate.
El aroma de cada plato era espectacular y les abrió el apetito a todos. Las habilidades culinarias de Ciro estaban muy por encima del promedio.
Comieron con gusto, y al terminar, Quintín y Sandra se ofrecieron a ayudar a recoger. Cecilia se sintió un poco apenada; como anfitriona, sentía que no había hecho nada.
Por la tarde, Ciro y Raúl se despidieron, dejando a Cecilia con sus amigos. Ella no tenía mucho tiempo libre, pues debía ir a sus clases de regularización, pero Sandra y Quintín se apoltronaron en la casa sin ganas de irse.
—Nos quedaremos aquí viendo la tele un rato más, no quiero llegar a mi casa —dijo Sandra, compartiendo el mismo tormento que Quintín.
Con el examen de admisión a la vuelta de la esquina, sus casas estaban llenas de familiares preguntándoles si creían que iban a pasar, diciéndoles que le echaran ganas y demás frases trilladas. Ya tenían los oídos entumidos de escuchar lo mismo. Preferirían encerrarse en sus cuartos, pero ni así se salvaban de las visitas.
Al encontrar refugio en casa de Cecilia, donde reinaba la paz, no tenían ninguna prisa por volver.
—Para nada, todavía me sobra —dijo Sandra.
Quintín explicó:
—Compramos un poco de todo. Como no sabíamos si te gusta la comida congelada, también te compramos unos cortes de carne y los pusimos en el refri. Si te da hambre, puedes asarte un filete. Por cierto, ¿sabes cocinar carne? —preguntó, no por menospreciarla, sino porque recordaba que ella había sido una niña rica; era dudoso que supiera usar una sartén.
—Creo que no es tan difícil —respondió Cecilia. A veces, cuando estaba sola y tenía hambre, se preparaba algo simple. Ivana nunca se preocupaba por ella y la empleada doméstica descansaba por las noches, así que no le quedaba de otra.
Apenas terminó de hablar, recibió una llamada de Josefina.
—Cecilia, ¿te mudaste y no me avisaste? ¡Si no fuera porque vi la historia de Sandra en Instagram, ni me entero!
Josefina llamaba para reclamarle.

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