Héctor guardó silencio. Delfina no había participado en los exámenes artísticos y ya no había tiempo.
Aunque su madre le había contratado tutores y la había puesto a estudiar piano y danza, ya estaban en el último año de preparatoria y Delfina dedicaba la mayor parte de su tiempo a las materias académicas. No se había tomado en serio las clases de piano ni de baile. Así que, si Delfina quería irse por el camino de las artes, tampoco funcionaría.
Héctor casi se deja engañar por su madre.
—No le voy a dar el pase directo a Delfina, así que olvídense de eso —sentenció Cecilia, rechazando a Héctor de tajo.
Héctor sintió que la actitud de Cecilia era demasiado fría.
—Creciste en la familia Ortiz y, como dice mamá, ocupaste los recursos educativos que le pertenecían a Delfi —le recriminó—. Si ella hubiera crecido en tu entorno, recibiendo la mejor educación, tal vez sería tan brillante como tú. Tienes razón, el talento es una ventaja, pero Delfi no es tonta. Solo le falta confianza cuando está frente a ti. Es el entorno lo que creó esta enorme diferencia entre ustedes, ¿no crees que deberías compensarla?
Cecilia escuchó aquello y miró a Héctor con frialdad.
—¿Estás insinuando que el intercambio de bebés fue culpa mía?
—No quise decir eso. —Héctor sabía, por supuesto, que Cecilia era solo un bebé en ese entonces y no tenía la culpa—.
—Crees que si yo hubiera crecido en el campo, no sería tan sobresaliente como ahora, y que en realidad le robé la vida a Delfina, ¿verdad?
Héctor abrió la boca, pero no dijo nada. En el fondo, sí pensaba eso.
—Héctor, ¿cuándo te volviste tan arrogante? Puede que haya muchas chicas a las que les gustes, pero te aseguro que yo no soy una de ellas. ¿Olvidaste que éramos hermanos?
—Ya no eres mi hermana —la interrumpió él—. Delfi lo es. No tenemos lazos de sangre.
—Es cierto, no tenemos lazos de sangre, así que ni siquiera eres mi hermano. ¿Por qué crees que me fijaría en ti? Quieres casarte conmigo y lo dices como si me estuvieras haciendo un favor. ¿No tienes vergüenza? ¿O crees que porque ya no soy la «Señorita Ortiz» puedes insultarme como quieras?
Cecilia soltó una risa de pura indignación. Ya había notado antes que la actitud de Héctor hacia ella era extraña y que la miraba de una forma que no sabía cómo describir. Pero, ¿quién iba a imaginar que este tipo quisiera casarse con ella? ¡No tenía tendencias masoquistas! Solo el hecho de que Héctor fuera hijo de Ivana ya era un motivo suficiente para rechazarlo.
—¿No has pensado que si te casas con la que fue tu hermana, todo el mundo se burlará? ¿Tus padres estarían de acuerdo? Delfina me detesta, si me convierto en su cuñada, se va a volver loca.

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