Héctor guardó silencio. Delfina no había participado en los exámenes artísticos y ya no había tiempo.
Aunque su madre le había contratado tutores y la había puesto a estudiar piano y danza, ya estaban en el último año de preparatoria y Delfina dedicaba la mayor parte de su tiempo a las materias académicas. No se había tomado en serio las clases de piano ni de baile. Así que, si Delfina quería irse por el camino de las artes, tampoco funcionaría.
Héctor casi se deja engañar por su madre.
—No le voy a dar el pase directo a Delfina, así que olvídense de eso —sentenció Cecilia, rechazando a Héctor de tajo.
Héctor sintió que la actitud de Cecilia era demasiado fría.
—Creciste en la familia Ortiz y, como dice mamá, ocupaste los recursos educativos que le pertenecían a Delfi —le recriminó—. Si ella hubiera crecido en tu entorno, recibiendo la mejor educación, tal vez sería tan brillante como tú. Tienes razón, el talento es una ventaja, pero Delfi no es tonta. Solo le falta confianza cuando está frente a ti. Es el entorno lo que creó esta enorme diferencia entre ustedes, ¿no crees que deberías compensarla?
Cecilia escuchó aquello y miró a Héctor con frialdad.
—¿Estás insinuando que el intercambio de bebés fue culpa mía?
—No quise decir eso. —Héctor sabía, por supuesto, que Cecilia era solo un bebé en ese entonces y no tenía la culpa—.
—Crees que si yo hubiera crecido en el campo, no sería tan sobresaliente como ahora, y que en realidad le robé la vida a Delfina, ¿verdad?
Héctor abrió la boca, pero no dijo nada. En el fondo, sí pensaba eso.


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