—Si te preocupan mis papás, yo puedo convencerlos —insistió Héctor con arrogancia—. Papá está de acuerdo en que me case contigo. Antes éramos familia y seguiremos siéndolo. De esa forma, nada cambiaría. ¿No te parece perfecto?
Héctor tenía una expresión de suficiencia.
—En cuanto a mamá, puede que se moleste, pero si le das el pase directo a Delfi, se pondrá contenta y no se opondrá. Delfi se sentirá en deuda contigo por aceptar el pase, así que tampoco dirá nada. Cecilia, es la mejor solución. Pasarías de ser la «Señorita Ortiz» a ser parte oficial de la familia Ortiz sin tener que hacer nada.
—Héctor, estás delirando —dijo Cecilia, mirándolo como si fuera estúpido—. ¿Por qué tu papá no se opone a que nos casemos? Dejando de lado que crecimos como hermanos, con mi estatus actual de «chica de campo», ¿soy digna del gran Señor Ortiz? La familia Ortiz no te busca una esposa de tu misma clase social, pero está dispuesta a aceptarme a mí. ¿Por qué será?
Cecilia hizo una pausa deliberada.
—Déjame adivinar... ¿Será porque Arturo Ortiz sabe que soy la dueña de La Belle Cuisine? Quiere el restaurante, ¿verdad?
Héctor se puso rígido. Su padre, en efecto, había mencionado La Belle Cuisine.
—El desarrollo de La Belle Cuisine es crucial para el futuro de la empresa. Cecilia, deberías ser más sensata.
Cecilia sintió ganas de darle una bofetada para que despertara.
—¿Y tu definición de «ser sensata» es que les entregue La Belle Cuisine en bandeja de plata para que hagan lo que quieran? ¿Con qué cara me piden eso? ¿Acaso no sabes que La Belle Cuisine es la herencia de mi abuela?
—Podría ser también tu dote —dijo Héctor, mirándola con doble intención.
Cecilia solo quería sacarle los ojos.

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