A Cecilia le importaba poco si Ivana estaba contenta o no.
—Ah, es que originalmente quería decirle a la señora Ortiz que últimamente he visto a una vieja conocida rondando al señor Ortiz.
—¿Qué? —chilló Ivana en voz baja.
—Mmm, olvídelo, no dije nada. Tal vez vi mal.
Cecilia, al ver que Ivana había reaccionado, dejó de hablar.
Ivana miró a Cecilia con recelo: —¿Es verdad lo que dices? ¿Cómo lo sabes?
—Tómelo como si estuviera diciendo tonterías.
Cecilia guardó silencio, y la atención de Ivana se desvió por completo. Ahora ya no le importaba si Cecilia había regalado el pase directo a la universidad o no. Solo le preocupaba quién era esa «vieja zorra» que Cecilia había visto.
Arturo, en su juventud, había tenido varias novias. ¿Quién podría ser esa mujer del pasado?
La verdad era que la inseguridad de Ivana provenía del hecho de que Arturo nunca había sido un santo. Antes de conocer a Ivana, Arturo tenía novia. Y después de conocerla, aunque coqueteaba con Ivana, no terminó con su novia anterior.
Fue Ivana quien, con sus tácticas, logró que la ex de Arturo se retirara. Básicamente, los atraparon besuqueándose en un club nocturno. Faltó poco para que los cacharan en la cama.
Los métodos de Ivana para ascender no habían sido los más limpios, pero ella era la esposa legítima de Arturo, y siempre se había enorgullecido de ello. Sin embargo, durante los primeros años de su matrimonio, los líos de faldas de Arturo le causaron muchos dolores de cabeza.
No fue hasta que nació su hijo que Arturo sentó cabeza. Para ser exactos, Ivana tuvo que amenazarlo con lanzarse de un edificio con el niño en brazos. Desde entonces, Arturo se había moderado.

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