—Dices que puedes tener tus propias preferencias, pero ¿es necesario ser tan directa y lastimar a la gente?
Desde el punto de vista de Cecilia, ella no había lastimado a nadie.
—No quise decir eso. —Delfina se dio cuenta de que, si discutía con Cecilia, casi seguro terminaría perdiendo.
—No me queda claro qué quisiste decir —dijo Cecilia con cara de pocos amigos—, pero aquí la estamos pasando bien. Creo que una persona educada no interrumpiría a los demás.
¿La estaba corriendo?
La expresión de Delfina cambió.
No esperaba que Cecilia fuera tan grosera y no le diera ni un poco de consideración.
—Solo escuchamos sus voces y vinimos a saludar.
Delfina dio un paso atrás.
—Como Cecilia no nos da la bienvenida, mejor nos vamos.
Delfina pensó que, al decir eso, Cecilia se vería obligada por cortesía a pedirle que se quedara. Quién iba a imaginar que Cecilia solo diría dos palabras:
—Como quieran.
Delfina se sintió extremadamente avergonzada; sentía que perdía la dignidad frente a todos.
Pero no tenía opción.
Tuvo que irse, hirviendo de rabia.
Y ni siquiera podía dejar que se notara su enojo.
Sin embargo, al salir, el ambiente se puso muy tenso. Ni Renata ni las demás se atrevían a hablarle a Delfina.
Al fin y al cabo, después de haber regresado a la familia Ortiz por tanto tiempo, Delfina ya había desarrollado cierto aire de autoridad.
Renata y las otras chicas se miraron entre sí, y tras pensarlo un poco, decidieron disculparse con Delfina:
—Lo siento, Delfi. Si hubiéramos sabido que Cecilia se pondría así, no te hubiéramos dicho que fueras.
Delfina, con los ojos enrojecidos, forzó una sonrisa:
—No importa, fue culpa mía. Es natural que Cecilia me odie por haberle quitado la vida feliz que le pertenecía.
—¡Qué va a ser culpa tuya! ¡Esa es tu vida, ella simplemente te robó los últimos dieciocho años!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana