Delfina, inexplicablemente, esperaba con ansias que Cecilia fracasara en el examen.
Esa no era una pregunta que Renata pudiera responder.
En la habitación de al lado, Cecilia estornudó dos veces seguidas. Josefina se burló:
—Seguro están hablando mal de ti.
—¿Acaso no te maldecirían a ti también?
Cecilia le devolvió la pregunta.
Josefina soltó una risita:
—Contigo enfrente de mí como escudo, no me prestan tanta atención.
Antes, cuando Delfina no existía en el panorama, siempre era ella quien se peleaba con Cecilia.
En ese entonces, seguro había mucha gente riéndose de las dos hermanas.
—La verdad, ¿antes te caía muy mal?
Josefina recordó cómo solía buscar problemas sin razón y le pareció gracioso.
¿Por qué le encantaba tanto molestar a Cecilia?
Principalmente eran celos infantiles, ¿no?
—Ahora ya crecí, maduré. No te preocupes, no volveré a ser tan estúpida.
Cecilia la miró de reojo:
—¿Estás segura?
Josefina tenía un carácter explosivo; bastaba con que alguien la provocara un poco para que estallara.
¿Quién sabía si volvería a cometer alguna tontería en el futuro?
Sin embargo, a Cecilia tampoco le importaba mucho si lo hacía.
—¿Qué demonios piensa Delfina? Sabe que no la tragamos, y aun así viene a buscarnos.
Eso era lo que Josefina no entendía.
—Qué va a pensar... cree que ustedes se van a sentir culpables —intervino Sandra.
—Pero quién iba a decir que ustedes dos tienen la cara más dura que el cemento y ni siquiera la tomaron en cuenta.
—Por eso se enojó más, ¿no?
Sandra tenía razón.
Cecilia pensaba lo mismo.

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