Ivana, por su parte, podía intuir que su hijo no tenía ningún interés en la muchacha.
Pero no iba a dejar que su hijo hiciera lo que quisiera; tenía que obligarlo a intentar salir con Daniela.
Casarse con Daniela siempre sería mejor que casarse con Cecilia, esa ave de mal agüero.
Para Ivana, cualquier mujer era buena nuera siempre y cuando no fuera Cecilia.
Ahora le tenía tanto odio como miedo a Cecilia.
Si su hijo realmente traía a Cecilia a la casa, ¿no acabaría ella igual que su suegra Paloma en el futuro?
De solo pensar en Paloma viviendo sola en el campo, Ivana sentía que su futuro se oscurecía.
La comida transcurrió en una atmósfera muy extraña.
Las dos madres, en cuanto terminaron de comer, inventaron una excusa para esfumarse, dejando a los dos jóvenes solos.
—¿Salimos a caminar? —propuso Héctor.
Daniela ya había notado durante la comida que a Héctor no le interesaba.
Que Héctor tomara la iniciativa ahora le causó curiosidad; quería saber qué traía entre manos.
Salieron a dar un paseo y, tras caminar un tramo, Héctor fue directo al grano:
—Perdón, señorita Peralta, pero ya hay alguien que me gusta.
—¿Entonces por qué viniste a la cita? ¿No es eso comportarse como un patán? —soltó Daniela sin filtro.
Héctor soltó una risa muda:
—Yo no quería venir a ninguna cita arreglada. Todo fue idea de mi mamá.
—Antes de llegar, ni siquiera sabía que esto era una encerrona.
Héctor decía la verdad.
Ahora fue el turno de Daniela de sentirse apenada.
No esperaba que, mientras a ella le avisaron de último momento, el chico no supiera absolutamente nada.
La señora Ortiz había sido demasiado intensa con eso.
En realidad, ella tampoco estaba a favor de los matrimonios arreglados por los padres.
—A la fuerza, ni los zapatos. Descuida, no te voy a estar insistiendo.

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