—Los hijos son así, a veces un poco rebeldes, solo es cosa de guiarlos poco a poco.
—Aunque mi hijo no sea el más guapo del mundo, tampoco es que le falte talento.
—Además, con el apoyo de nosotros como padres, te aseguro que no van a pasar carencias.
—Puedes explicarle a la muchachita lo que le conviene; estoy segura de que Cecilia es una chica lista.
—Aunque haya sacado el primer lugar en el examen de admisión, cuando salga de la universidad tendrá que batallar para abrirse paso. Con unos suegros como nosotros, se ahorraría décadas de esfuerzo comparada con la gente común.
—Amiga, confío en que podrás convencerla.
Ivana sabía perfectamente que, al poner las condiciones tan claras y directas, Irene estaba apostando a que la familia Ortiz, dada su situación actual, no se atrevería a rechazarla.
Aunque por dentro estaba muerta de nervios, por fuera mantuvo la compostura:
—Los jóvenes de ahora… la verdad es que no valoran los sacrificios que hacemos los padres.
—Voy a hablar claro con Ceci; seguro entenderá que todo esto es por su bien.
Irene sonrió levemente, mostrando satisfacción.
Su propia familia siempre había dicho que su hijo era un inútil, que incluso su título en el extranjero había sido pagado a billetazos por ellos. Así que, si le conseguía una esposa capaz, tendrían nietos inteligentes y dejarían atrás a todos esos sobrinos que la miraban por encima del hombro.
Lo único que no sabía era si esa tal Cecilia obedecería a Ivana.
De camino a casa, Ivana iba dándole vueltas al asunto. ¿Cómo diablos iba a plantearle esto a Cecilia?
¿Tendría que engañarla para que conociera al hijo de la familia Quintana?
Pero Cecilia no era una marioneta; era una persona de carne y hueso, y bastante difícil de manejar.
Si ella no aceptaba, Ivana estaba atada de manos.
Cecilia no tenía ni idea de que, apenas comenzaron los problemas en la familia Ortiz, ya estaban planeando venderla al mejor postor.
Mientras Ivana seguía maquinando cómo convencerla, entró una llamada de Arturo.

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