Aun así, Arturo era un viejo colmilludo en los negocios y supo mantener la compostura.
—Ceci, ¿ya te enteraste de lo de la empresa?
—En realidad, quería que vinieras a cenar a casa esta noche también por asuntos de la empresa. Quería pedirte un favor.
—No creo que pueda ser de mucha ayuda, ¿o sí? —Cecilia sentía que Arturo estaba fantaseando un poco.
¿Ayudarle ella? ¿Qué podía hacer?
¿Acaso Arturo creía que su empresa se podía salvar con veinte o treinta millones de pesos?
Eso habría servido al principio para calmar a los familiares del difunto.
Pero ahora, meter esa cantidad sería como querer apagar un incendio con un vaso de agua.
—Primero ven a casa, allá te explicamos los detalles. No se puede hablar bien por teléfono. —Arturo, aconsejado por Iván, estaba decidido a hacer que Cecilia colaborara.
Era una medida desesperada.
Con el peso de la crianza de por medio, no creía que Cecilia fuera capaz de quedarse de brazos cruzados viendo caer a la familia Ortiz.
—Está bien. —Cecilia no se negó. De nada serviría negarse ahora; lo más probable es que Arturo se presentara en su puerta.
Pero lo que no esperaba era que, al llegar a casa desde el laboratorio, apenas dándole tiempo de cambiarse de ropa, alguien llegara antes que Arturo.
Era Delfina.
—¡Cecilia! —Al abrir la puerta, vio a Delfina parada afuera.
Al verla, la chica saludó de manera muy dócil.
Cecilia no la dejó pasar; ya tenía las llaves del coche en la mano, lista para dirigirse a la casa de la familia Ortiz.
—¿Vienes a recogerme?
Le preguntó Cecilia.
Delfina se quedó un poco confundida: —¿Recogerte para qué?
—¿No me llamó tu papá para ir a cenar esta noche? —Cecilia la miró con una sonrisa.
¿Qué tramaba viniendo a buscarla sola?
Delfina se quedó pasmada; ella no sabía nada de eso.
Nadie en casa se lo había comentado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana