—Eran solo sospechas, no tenía pruebas, ¿qué le iba a decir? —replicó ella—.
—Veo que el señor Ortiz tiene problemas familiares que resolver. Mejor regreso otro día.
Cecilia no tenía ganas de quedarse a presenciar otra guerra campal en esa casa.
—Lamento mucho haberte pedido que vinieras hoy para que presenciaras este desastre.
A Cecilia le daba igual; el circo había sido gratis y valía la pena disfrutarlo.
—No se preocupe —respondió, lista para marcharse.
—Te acompaño a la puerta.
Arturo decidió escoltarla en persona. Sentía que el ambiente adentro estaba muy tenso, así que prefirió hablar afuera, en el patio.
Mientras caminaban, tal como ella esperaba, sacó el tema de los problemas de la empresa.
—Ceci, no quiero presionarte. Entiendo que hubo rencores personales en medio de toda esa tragedia cuando te cambiaron en el hospital. Ya no tengo cara para pedirte que me pagues lo que gasté en criarte.
—Es comprensible si me guardas rencor.
—Es solo que la empresa está al borde del abismo. No tengo a quién más acudir y por eso pensé en ti.
—¿Usted también quiere que tenga una cita a ciegas con el joven Quintana? —Cecilia recordó lo que acababa de proponer Ivana.
Arturo parpadeó, sorprendido, y de inmediato negó con la cabeza.
—La familia Quintana tiene dinero y el chico trabaja en un banco, pero tengo entendido que no es la gran cosa.
—Tú eres hermosa y un joven como él no te llega ni a los talones.
—Aún tienes que ir a la universidad; podrías conseguirte algo mucho mejor.
—No tienes por qué arruinar tu juventud con alguien así.
—A menos, claro, que te guste de verdad.
—De otra manera, no sería yo quien te empujara a esa trampa.

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