Delfina le estaba poniendo compresas de hielo en la cara a Ivana.
La cachetada que le dio Arturo le había hinchado media cara.
Al verlo regresar, el instinto de Delfina fue esconderse.
Ahora le tenía un poco de miedo a Arturo, al hombre que la había criado.
Porque él la había llamado bastarda.
Hacía un momento le había preguntado a Ivana si de verdad era su hija biológica, pero ella solo guardó silencio.
Ese silencio incómodo ya le había dado un mal presentimiento.
—Ivana, acompáñame al estudio —dijo Arturo, lanzándole una mirada a Delfina sin dirigirle la palabra por el momento.
Al no ser su propia hija, no la soportaba; de hecho, la consideraba peor que Cecilia.
Con razón, a pesar del tiempo que Delfina llevaba en casa, él nunca se había sentido apegado a ella.
Sin lazos de sangre, y con esa actitud tan melindrosa y rencorosa, ¡era evidente por qué resultaba tan odiosa!
—Papá, por favor, ya no le pegues a mi mamá.
Delfina intentó impedir que Ivana se fuera al estudio con él.
Ahora que Ivana era su único apoyo, no podía quedarse de brazos cruzados viéndola sufrir.
—¡No me digas "papá"! ¡No tengo ningún interés en reconocer a una bastarda como hija! —soltó Arturo con una risa burlona.
Delfina se quedó sin aliento al instante. A Ivana, en cambio, le conmovió que su hija la defendiera.
Sin embargo, le partía el corazón escuchar a Arturo insultarla a cada rato llamándola bastarda.
Le negó con la cabeza a Delfina y siguió a Arturo escaleras arriba.
Arturo era un hombre que cuidaba mucho las apariencias; la cachetada de hace rato fue un arranque de ira, pero normalmente no le ponía la mano encima a una mujer.
Si la estaba llamando al estudio, seguro era porque tenía algo que no podía discutir frente a la niña.
Eso, de cierta forma, la tranquilizó.
Mientras Ivana subía, Delfina se apresuró a salir a escondidas para marcarle a Héctor.
La voz de él sonaba agotada:
—¿Bueno?

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