Más adelante, pensó que como en casa solo tenía un hijo varón, si Perla se encaprichaba con tenerlo, tampoco pasaba nada. Pensó en darle una buena suma de dinero para quitársela de encima y mantener al niño escondido en otro lado.
A la familia Ortiz no le faltaba el dinero; mantener a un hijo extra no los iba a dejar en la calle.
Pero, ¿quién iba a pensar que Ivana se embarazaría justo en ese mismo lapso?
Obviamente, para Arturo tenía muchísimo más peso un hijo legítimo nacido dentro del matrimonio.
Fue entonces cuando perdió por completo el interés en el bebé de Perla.
A fin de cuentas, sí, él había sido un desgraciado primero, y eso desencadenó todo ese desastre.
Pero claro, Arturo jamás aceptaría que había sido su culpa.
Él prefería maldecir las artimañas de Perla y la infidelidad de Ivana.
—¿Y cómo iba a saber yo que fue un accidente? Nunca me decías nada, me lo ocultaste todo, y esa mujer no dejaba de acosarme —se defendió Ivana.
—Sufrí muchísimo. En esa época creía de verdad que éramos una familia feliz de tres y hasta pensaba darte otro bebé.
—Fuiste tú el primero en traicionar mi confianza.
—Y Perla era muy astuta, siempre buscaba la forma de que me enterara de que estabas con ella, para que sintiera que te importaba más ella que tu propia familia.
—Incluso llegué a pensar que me ibas a pedir el divorcio por el hijo que ella esperaba.
Ivana se negaba en rotundo a aceptar que había puesto los cuernos por voluntad propia; le echaba la culpa al destino y a los accidentes.
Arturo ya no tenía ni las ganas ni la energía para ponerse a investigar. Ni siquiera tenía tiempo para pensar en un divorcio.
Necesitaba a Ivana para que lo ayudara a mover hilos en el círculo social, y le urgía más que nunca mantener la fachada de una familia estable.
De lo contrario, la empresa se iría a la ruina mucho más rápido.
—Más te vale que sea cierto lo que estás diciendo, porque si no, no te la vas a acabar. —Arturo la fulminó con la mirada.
En ese preciso momento, alguien tocó a la puerta del estudio.
—¿Quién es? —preguntó Arturo de muy mal humor.
—Papá, soy yo. ¿Estás ahí?
Su hijo había regresado. Arturo volteó a ver a Ivana.
«¿Ella mandó a llamar a los refuerzos?», pensó.
Ivana negó con la cabeza, dándole a entender que no había hecho absolutamente nada.
—¿Qué tratas de decir con eso? ¿Crees que le hice algo a tu mamá? —Arturo le lanzó una mirada llena de recelo a su hijo.
Héctor tampoco se quedó callado y le soltó en tono frío:
—Le diste una cachetada, ¿o me equivoco?
—¿Y por qué no mejor me preguntas los motivos que tuve para hacerlo? —replicó Arturo, encendiéndose aún más por la actitud del muchacho.
Héctor dejó escapar una risita sarcástica:
—Eso solo lo sabes tú.
—Ahorita la empresa es un completo desastre. Ya no te estés desgastando con chismes de la casa. Y si mi mamá no hizo las cosas exactamente como se lo pediste, ¡esa no es excusa para que te desquites con ella a golpes!
Al escucharlo soltar todo aquello, Arturo dudó. Ya no estaba tan seguro de si el muchacho sabía o no sobre los cuernos de Ivana.
Había sido él quien encontró a Delfina. ¿De verdad no sabía que ella solo era su media hermana por parte de madre?
Arturo empezó a sentir mucha desconfianza sobre ese tema.
Ni siquiera Ivana sabía con certeza hasta dónde estaba enterado su hijo.
Pero el hecho de que no confesara nada, era una gran ventaja.

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