—¿Abuela? —preguntó Cecilia, con una gran sonrisa de sorpresa.
—Regresé a la ciudad hoy, así que aproveché para venir a verte y pasar la noche aquí.
Cecilia se apresuró a sacarle unas pantuflas a Paloma. A Josefina no hubo necesidad de invitarla a pasar, entró directo como si fuera su propia casa.
Paloma las observó. Pensar que hace poco sus dos nietas no se soportaban y ahora se llevaban tan bien. Las vueltas que daba la vida.
—¡Qué gusto que esté aquí!
Cecilia acomodó a la anciana en el sillón para que descansara un rato viendo la televisión y luego pidió un par de lattes a domicilio: uno para Josefina y otro para Paloma.
Aunque tomar café de noche no era lo más saludable, a Paloma no le molestaba adaptarse a las costumbres de los jóvenes; se bebió su latte con gusto.
—Me enteré de que Arturo te pidió que hipotecaras la casa que te heredó tu abuela Lorena para sacar un préstamo —comentó Paloma.
En realidad, a Paloma no le preocupaba que la chica terminara cediendo, pero no quería que Arturo la metiera en aprietos, sobre todo por culpa de ella.
Cecilia asintió y respondió con una sonrisa:
—No se preocupe, abuela. Jamás aceptaría algo así.
Paloma fingió poner cara seria y bromeó:
—¿Ni siquiera lo harías por mí? Arturo y su mujer casi no te criaron, pero yo nunca te traté mal, muchacha.
Cecilia, que conocía perfectamente el carácter de la señora, sabía que todo era una broma y le abrazó el brazo.
—Como usted es la que más me quiere, jamás me obligaría a hacer una tontería así.
Josefina hizo una mueca de celos. Ella era la nieta de sangre y ni siquiera recibía esa atención. Intentó meter cizaña con algún comentario sarcástico, pero tanto la abuela como Cecilia la ignoraron por completo.
Esa noche, Paloma se enteró a detalle de la situación del Grupo Ortiz por medio de Cecilia. A ella tampoco le convenía que la familia quebrara, pero sabía que la mejor forma de minimizar los daños era deshacerse del proyecto en la zona oeste. Lástima que su hijo mayor fuera tan terco y ambicioso; era incapaz de soltar ese jugoso negocio sin darse cuenta de que ya se había convertido en un barril de pólvora.
—El médico dice que es muy probable que no puedan salvarle la pierna. Que van a tener que amputar. ¡Arturo! ¡¿Qué vamos a hacer?!
Ivana se veía rota; su hijo lo era todo para ella. Sabía que Héctor llevaba días sin dormir por culpa de los problemas en la empresa, así que era más que obvio que el cansancio había causado el choque.
En el fondo, le guardaba un gran resentimiento a su marido. Teniendo a tantos empleados a su disposición, ¿por qué obligaba a su propio hijo a trabajar como burro de carga? Si lo hubiera mandado a otra persona a la zona oeste, ¡nada de esto habría pasado!
—Cálmate, voy a ver qué puedo hacer —dijo Arturo, intentando aparentar calma.
Fue a buscar al médico encargado para conocer los detalles de la situación, pero el cirujano solo negó con la cabeza.
—Si la doctora Ruiz estuviera aquí, quizá habría una esperanza, pero actualmente no tenemos a ningún especialista que garantice el éxito de una operación tan delicada.
—¿Se refiere a Paloma Ruiz? —Arturo sintió que el alma le volvía al cuerpo.
Si la única salvación era su madre, le llamaría en ese mismo instante.

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