—Así es —afirmó el médico—. Pero la doctora Ruiz ya casi no atiende pacientes desde hace unos años. El hospital intentó contratarla de base, pero ella rechazó la oferta. Si ustedes quieren localizarla, va a ser bastante difícil.
El doctor, probablemente nuevo en Villa Solana o al menos en ese hospital, no tenía ni idea de quiénes eran en realidad. Sabía que la familia Ortiz tenía dinero, pero ignoraba por completo el vínculo familiar.
—¡Para nada! —exclamó Ivana, eufórica—. ¡Arturo, márcale a tu mamá de inmediato, dile que venga!
—Sí, de inmediato —Arturo perdió por completo su temple habitual y sacó su celular.
El médico observó la escena en silencio. Cuando Paloma escuchó que su nieto estaba grave, reaccionó alarmada.
—Voy para allá enseguida.
—Mamá, ¿quieres que mande a mi chofer por ti? —preguntó Arturo, incapaz de esperar un solo segundo.
Ivana asintió frenéticamente, apoyando la idea.
—Se te olvida que sé manejar —replicó Paloma.
Aunque rara vez usaba su coche, eso no significaba que hubiera olvidado cómo hacerlo.
—Entonces tenga mucho cuidado en el camino —respondió Arturo, preocupado. Con un hijo al borde de la tragedia, lo último que le faltaba era que su madre también sufriera un accidente.
—¿Dijo a qué hora llega? —preguntó Ivana, esperanzada, en cuanto colgó.
—Desde la finca hasta acá se hace un buen rato, y como es hora pico, seguro le tocará tráfico —calculó Arturo.
Por lo menos tardaría una hora.
El brillo en los ojos de Ivana se apagó un poco, dando paso a una vieja frustración:
—Ninguno en lo absoluto. La doctora Ruiz se jubiló en nuestro hospital, así que, con la debida autorización de los directivos, puede operar sin problema.
Elías sentía una ligera punzada de envidia. ¡Qué suerte tener a Paloma Ruiz como madre! Lástima que el señor Ortiz hubiera desperdiciado semejante contacto y no hubiera estudiado medicina.
—Qué alivio —suspiró Arturo, liberando toda su tensión.
A un lado de ellos, Delfina seguía parada, con los ojos llenos de lágrimas y sintiéndose más inútil que nunca. Solo le rezaba al cielo para que su hermano se salvara.
Si a Héctor le pasaba algo, no sabría qué hacer. Estaba segura de que la familia Ortiz terminaría echándola a la calle, porque, a fin de cuentas, ella era producto de una infidelidad de Ivana. Arturo pasaba de los cincuenta, sí, pero con su dinero podría divorciarse y conseguir a decenas de mujeres dispuestas a darle otro heredero.
—Mamá... ¿quieren que les compre algo de comer a ti y a papá? —preguntó Delfina, queriendo hacerse útil y demostrar que era una hija considerada.
—Ve tú y cómprate algo... Héctor... No, déjalo, no tengo apetito de nada —balbuceó Ivana, desconsolada.

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