Al ver que Cecilia llegaba, Paloma la sacó al pasillo.
—¿Por qué no te quedaste a descansar en tu casa un día más?
A Paloma se le partía el corazón por Cecilia.
Esta cirugía ni siquiera le correspondía.
Si no hubiera sido por el cariño que le tenía a ella, Ceci jamás habría aceptado entrar al quirófano.
Al final de cuentas, si la operación salía bien, lo tomarían como su obligación, pero si algo salía mal, los padres de Héctor le echarían toda la culpa.
Era el clásico trabajo en el que nadie te agradece.
Si Cecilia hiciera esa misma cirugía en otro lado, le pagarían una fortuna.
Pero Arturo y su esposa ni siquiera se habían dignado a mencionar el pago de sus honorarios.
Como si fuera su obligación salvarle la vida a Héctor por amor al arte.
Cada vez le caía peor ese par.
Ambos se habían puesto los cuernos, pero seguían aferrados sin querer divorciarse. Tal para cual, que se quedaran juntos y se aguantaran.
Faltaba ver si, después de vivir en la opulencia, serían capaces de aguantar la miseria.
—Vine al laboratorio, allá se me junta la chamba, pero quería pasar a verla primero.
Al escucharla, Paloma no tuvo argumentos para replicar.
Sabía que el proyecto en el que participaba Cecilia era de vital importancia.
—Yo estoy bien, aquí no hay mucha novedad. Héctor ya despertó un rato.
—Vete tranquila al laboratorio, yo me encargo aquí, no te apures.
Paloma se veía de buen ánimo, pero el cansancio ya se le notaba en el rostro.
—Usted también tómese su tiempo para descansar. ¿A poco no está Elías por ahí?
—A su edad ya no está para estos trotes.
—En cuanto a cuidar de Héctor, pues que se hagan cargo Ivana y Delfina.
Apenas Cecilia pronunció el nombre de Delfina, la vio aparecer por el pasillo cargando unas bolsas.
Al toparse con Cecilia, Delfina se quedó paralizada por un segundo, pero luego le dirigió una sonrisa nerviosa:
—Hola.
—¿Ya desayunaste? De haber sabido que andabas por acá, habría comprado más para ti.
Cecilia negó con la cabeza:
—No te preocupes, ya comí.
Y con Paloma, menos sabía cómo comportarse.
Esa señora era de armas tomar. Sabía perfectamente que ella no llevaba sangre Ortiz y, sin embargo, no había armado un escándalo, aunque estaba claro que a la viejita no le agradaba en lo absoluto.
La pura verdad es que Paloma odiaba los chismes y los pleitos.
¿Paloma?
Paloma simplemente tenía una pereza inmensa de lidiar con su hijo mayor y su mujer.
Eran igualitos, un par de sinvergüenzas. Ninguno valía más que el otro.
Ellos mismos habían cavado su tumba; ella no pensaba mover ni un dedo.
—Abuela, aquí le traje el desayuno. Échele un ojo, a ver qué se le antoja.
Delfina había comprado un montón de cosas.
Paloma escogió un tazón de fruta, un huevo cocido y un jugo verde.
—Gracias, Delfi.
Delfina se sintió halagada por la amabilidad:
—No tiene nada que agradecer. Con Héctor mal y la familia como está, es lo menos que puedo hacer.

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