—Perdón, Ceci, no fue a propósito, no te enojes.
Delfina dio un paso al costado instintivamente, como perrito asustado.
Cecilia casi se ríe; le estaba echando demasiada crema a sus tacos con la actuación.
—No has hecho nada, ¿por qué me voy a enojar?
—Y no tienes que verme como si fuera un monstruo cada vez que me acerco.
—A menos que me provoques, no te voy a buscar problemas.
—Ya nos cambiaron, ahora cada quien su vida, ¿va?
Cecilia siempre era directa, a diferencia de Delfina, que le daba mil vueltas al asunto.
Delfina no esperaba que Cecilia dijera eso.
—Ceci, ¿te caigo mal? Yo solo te veo como una hermana y no quiero que te alejes de papá y mamá.
—Al final, ellos te criaron.
—Y la abuela me crió a mí.
Cecilia arqueó una ceja y se acercó a propósito a Delfina: —¿De verdad piensas eso?
*¿No te da miedo que te robe a tu papá, a tu mamá y a tu hermano?*
Cecilia no hizo la segunda pregunta, pero le bastó ver el gesto de pánico en la cara de Delfina.
¡Claro que no pensaba eso!
Ella deseaba que Cecilia se fuera lo más lejos posible de su mundo.
—Hermana, ¿me estás culpando por robarte a mis papás? —Delfina puso cara de víctima.
Héctor no pudo más y miró con furia a Cecilia: —Cecilia, ¿te atreves a intimidar a Delfi frente a mis narices? ¿Crees que estoy pintado o qué?
—Para nada, ahí te veo muy vivito y coleando.
—Héctor, no estorbes. —Cecilia no quiso perder más tiempo con ellos y los rodeó.
Héctor respiraba agitado del coraje: —¡Detente! ¿A dónde vas?
Cecilia sintió que Héctor cada vez tenía menos clase; estaba insoportable.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana