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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 71

Apenas salió del baño, Cecilia se topó con Héctor en el pasillo.

Él estaba recargado en la pared, fumando.

Cecilia dio un respingo.

«¡Maldita sea! ¡Qué psicópata!»

Ella retrocedió un paso.

—Héctor, ¿estás enfermo o qué te pasa?

¿De verdad la había seguido hasta el baño? ¿Acaso creía que el aire afuera de los sanitarios olía a rosas?

—¿Dónde estás viviendo ahora? —Héctor apagó el cigarro y la miró fijamente.

Cecilia frunció el ceño y se alejó un poco más:

—¿A ti qué te importa?

—Por lo menos fuiste mi hermana durante dieciocho años, ¿no puedo preocuparme por ti? —Al ver que Cecilia se ponía a la defensiva como un erizo, Héctor también arrugó la frente.

—Ahórratelo. Mejor preocúpate por Delfina.

—Ella es tu verdadera hermana.

—En cuanto a mí, no necesito que te molestes.

Al escuchar esto, Héctor la barrió con la mirada:

—¿Estás celosa?

Cecilia abrió los ojos como platos, estupefacta:

—¿Tienes idea de lo que estás diciendo?

—¿Por qué habría de estar celosa?

—Porque me preocupo más por ella —soltó Héctor de repente.

No le gustaba esa expresión en la cara de Cecilia, como si sus celos fueran producto de su imaginación.

—¿Te escuchas a ti mismo? —Cecilia ya había perdido la paciencia para seguir hablando con él.

Justo en ese momento sonó el timbre para entrar a clases.

—Ya tocaron. No me quites el tiempo, tengo que estudiar. ¡Adiós!

Cecilia intentó irse, pero Héctor la agarró del brazo.

Ella tuvo que reprimir el impulso de hacerle una llave de judo y tirarlo al suelo.

—¡Héctor, suéltame!

—Ya te dije que no quiero tu departamento. Ya tengo dónde vivir.

—Héctor, ¿estás sordo? ¿No entiendes español?

Él frunció el ceño, molesto porque Cecilia le alzaba la voz.

Recordaba que de niña su hermana era tierna, suave y adorable.

Le decía «hermanito» con dulzura. No como ahora, que entre más crecía, más rebelde se volvía.

—Sé que ganaste veinte millones vendiendo esa madera de incienso, pero no creas que es tanto dinero.

—Con veinte millones no te alcanza ni para una casa decente aquí en Cerro Claro.

—¡Ahorra ese dinero!

Dicho esto, Héctor se metió las manos en los bolsillos y se fue.

Cecilia tuvo ganas de tirar las llaves a la basura, pero se contuvo.

Entró apresuradamente al salón, pasó por el lugar de Delfina y le aventó las llaves del departamento:

—Son las llaves del departamento de tu hermano, el que está en el residencial de enfrente.

—¡Hazme el favor de devolvérselas!

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