Apenas salió del baño, Cecilia se topó con Héctor en el pasillo.
Él estaba recargado en la pared, fumando.
Cecilia dio un respingo.
«¡Maldita sea! ¡Qué psicópata!»
Ella retrocedió un paso.
—Héctor, ¿estás enfermo o qué te pasa?
¿De verdad la había seguido hasta el baño? ¿Acaso creía que el aire afuera de los sanitarios olía a rosas?
—¿Dónde estás viviendo ahora? —Héctor apagó el cigarro y la miró fijamente.
Cecilia frunció el ceño y se alejó un poco más:
—¿A ti qué te importa?
—Por lo menos fuiste mi hermana durante dieciocho años, ¿no puedo preocuparme por ti? —Al ver que Cecilia se ponía a la defensiva como un erizo, Héctor también arrugó la frente.
—Ahórratelo. Mejor preocúpate por Delfina.
—Ella es tu verdadera hermana.
—En cuanto a mí, no necesito que te molestes.
Al escuchar esto, Héctor la barrió con la mirada:
—¿Estás celosa?
Cecilia abrió los ojos como platos, estupefacta:
—¿Tienes idea de lo que estás diciendo?
—¿Por qué habría de estar celosa?
—Porque me preocupo más por ella —soltó Héctor de repente.
No le gustaba esa expresión en la cara de Cecilia, como si sus celos fueran producto de su imaginación.
—¿Te escuchas a ti mismo? —Cecilia ya había perdido la paciencia para seguir hablando con él.
Justo en ese momento sonó el timbre para entrar a clases.
—Ya tocaron. No me quites el tiempo, tengo que estudiar. ¡Adiós!
Cecilia intentó irse, pero Héctor la agarró del brazo.
Ella tuvo que reprimir el impulso de hacerle una llave de judo y tirarlo al suelo.
—¡Héctor, suéltame!



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