Sin embargo, la realidad era que Paloma estaba encantada.
Aunque sintió un ligero dejo de celos:
—Yo fui la que te introdujo a todo esto, pero terminas usando técnicas de medicina tradicional mucho más seguido que la medicina convencional.
Cecilia abrazó a la señora Ortiz por el cuello:
—Solo uso lo que mejor me funcione en el momento, ¿no?
La señora Ortiz cedió con facilidad a su mimo.
Después de todo, no había razón alguna para molestarse.
En el fondo, debería estar feliz por su viejo vecino; Cecilia había heredado de verdad su legado.
En cuanto a ella misma, hoy en día había tanta gente estudiando cirugía convencional y tantos prodigios médicos, que no le iba a exigir a su nieta que se aferrara a la medicina moderna.
—Entonces cuento contigo, Cecilia —agradeció Elías, muy entusiasmado.
Él no tenía nada en contra de la medicina herbolaria y natural; de hecho, estudió medicina moderna únicamente para salvar vidas de forma más efectiva.
Además, la herbolaria no era algo que cualquiera pudiera dominar.
Para ser honesto, sin un talento innato, algunos doctores no sabían ni interpretar las dolencias.
Si intentaban dar consulta, se convertían en simples curanderos de pacotilla.
A la menor provocación, terminarían causando negligencias médicas.
Precisamente por esa mente abierta que tenía Elías hacia los métodos naturales, fue que aceptó la solución de Cecilia con tanta facilidad.
Sumado a eso, él mismo estuvo en el quirófano y vio de primera mano a Cecilia trabajar en perfecta sincronía con la doctora Ruiz; sabía muy bien que una chica instruida por dos grandes eminencias de la medicina terminaría siendo brillante en el futuro.
Asegurar una buena relación con ella en ese momento era apostar sobre seguro.
Además, tras preguntarle al doctor Acosta, Elías se enteró de que Cecilia ya estaba participando en un proyecto de investigación para el tratamiento del cáncer óseo, lo cual le hizo sentir un respeto aún mayor por la joven.
Al llegar a casa, Cecilia se tomó el tiempo para dormir bien. A la mañana siguiente, al tener ya su compromiso pactado con Fabio, el doctor Calvo la estaba esperando frente a su residencial a primera hora.
La sorpresa fue que Cecilia salió conduciendo su propio carro.
Fabio se quedó desconcertado un momento.
Según él, como fue quien la invitó, lo lógico era que él manejara y Cecilia se fuera de copiloto.
¿Acaso no era agotador manejar su propio vehículo?
Para alguien como él, que constantemente trabajaba horas extras y se desvelaba en guardias, conducir no era algo de su agrado.
No obstante, desde el incidente con su esposa, Abel Calvo dejó de atender su propio negocio.
Actualmente, la persona encargada del establecimiento era Pol, un antiguo compañero de clases de Abel y pupilo del abuelo de Fabio.
Cuando por fin llegaron, se estacionaron frente a la botica.
Al ver a Fabio, Pol lo recibió con sorpresa.
—¡Fabio! ¿De regreso en casa?
Fabio asintió:
—Señor, ¿dónde está mi papá?
Antes, Fabio apenas iba a su casa un par de veces al año, y siempre con su actitud gélida.
La última vez había sido durante el Día de Muertos.
Pol nunca esperó que su primera pregunta, apenas al cruzar la puerta, fuera por su papá.
—Tu padre está allá atrás en el patio secando algunas hierbas.
Tras la pérdida de su esposa, Abel había abandonado las consultas, pero aún conservaba la tradición de preparar personalmente las mezclas de hierbas.

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