Los dos estudiantes dudaban de su propio nivel y acaban de llevarse un regaño del doctor Campos.
—Doctor Campos, ya entendimos, le echaremos ganas.
Ambos se veían bastante desanimados.
No sabían si en toda su vida tendrían la habilidad de pesar los ingredientes a puro tacto. Ni siquiera le atinaban a la temperatura.
—No pasa nada, todavía están jóvenes, ya tendrán tiempo para practicar —intentó animarlos Cecilia.
Los dos se miraron, con ganas de negar con la cabeza.
¿Acaso esta muchacha no se había fijado en la edad que tenía antes de hablar? Ella era jovencita y ya lo sabía todo; en cambio ellos, que ya estaban en el posgrado, le llevaban bastantes años.
Pero, a los ojos de ella, no pasaban de ser unos simples aprendices.
Al ver su reacción, Cecilia adivinó lo que pensaban y les explicó:
—A los tres años ya sabía identificar los ingredientes médicos, a los cinco me sabía de memoria las fórmulas y a los ocho ya me animaba a recetar. Pero todo eso es porque empecé desde muy niña. Si no hubiera tenido esa facilidad y no hubiera empezado tan pronto, mi punto de partida habría sido el mismo que el suyo y no les llevaría tanta ventaja.
Esas palabras sirvieron de consuelo para el par de estudiantes.
Una vez lista la medicina, Elías no tardó en llegar, y Cecilia se fue con él.
Isaac volvió a llevar a sus dos estudiantes para que los siguieran. Quería que aprendieran un poco más.
Cecilia acompañó a Elías hasta la puerta de la habitación, justo cuando una mujer de mediana edad salía con un termo de agua caliente. Al ver a Elías, lo saludó con mucha educación:
—Doctor Figueroa.
La mujer tenía canas en las sienes, arrugas profundas y una sonrisa llena de amargura. Se notaba a leguas que era una persona acostumbrada al trabajo pesado y que su familia pasaba por muchas carencias.


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