Utilizó unas agujas esterilizadas para drenar la sangre acumulada. Elías y los demás no se habían atrevido a abrir la herida por miedo a provocar una hemorragia, pero a Cecilia eso no le preocupaba en lo absoluto.
Una vez que aplicó el ungüento, volvió a vendar con cuidado. La infección había enrojecido toda la zona; el hombre se había despertado mientras ella lo curaba, pero no soltó ni un solo quejido. Era alguien que sabía aguantar el dolor.
Tras observar el procedimiento, Isaac aprovechó para darles una nueva lección a sus alumnos.
Cecilia llegó a preocuparse por la capacidad de aguante de esos dos muchachos. A veces, las comparaciones eran odiosas y la diferencia, abismal. Ella llevaba estudiando desde que era una niña; ¿cuántos años de ventaja les llevaba a ellos, que apenas tenían unos años en la universidad?
La mujer había regresado con el agua caliente en algún momento y se quedó parada en la puerta, observando todo. Presenció de principio a fin cómo Cecilia le curaba la herida a su esposo. Al enterarse de que el tratamiento era natural y bastante económico, se sintió todavía más agradecida.
Como el encargado de la obra no les había dado mucho dinero para los gastos médicos, vivía con el temor de que, en cuanto se acabara el presupuesto, el hospital los echara a la calle.
Sus miedos no eran infundados, pero Elías le había prometido que lo atenderían y cumpliría su palabra hasta el final.
—Hay que dejarlo en observación y ver si le baja la fiebre esta noche —indicó la joven—.
Ocho horas no son mucho ni poco. Me voy a quedar en el hospital y vendré a revisarlo cuando toque cambiarle el vendaje.
Como a Cecilia no le daba confianza que alguien más tratara a ese paciente, se lo dejó claro a Elías.
A Elías le pareció la decisión más sensata; si ella estaba dispuesta a encargarse del caso hasta el final, era lo mejor para todos.
La señora empezó a darles las gracias una y otra vez. Cecilia, que no soportaba esos momentos tan emotivos, salió de la habitación casi huyendo.

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