Héctor sentía que le iba a estallar la cabeza.
La empresa estaba en crisis, su madre en la cárcel... ¿Acaso la familia Ortiz estaba a punto de desmoronarse por completo?
—¿Y la abuela?
Héctor sabía que Paloma tenía muy buenos contactos, y si le pedía que investigara, de seguro conseguirían información más concreta.
Al menos así estarían preparados.
—La abuela salió, creo que un médico le fue a consultar unas cosas —dijo Delfina.
Últimamente, el hospital había intentado recontratar a Paloma, no para mandarla de nuevo al quirófano, sino para que capacitara a los médicos más jóvenes.
Paloma se había negado.
Ya estaba grande y la energía no le daba para más.
Por lo que le era imposible acceder a la petición del hospital.
Todavía no estaba enterada de lo que había pasado con Ivana.
Fue hasta que volvió a la habitación que Héctor y Delfina se lo contaron.
—¿Cómo es posible? —Paloma frunció el ceño con preocupación.
Siempre pensó que su nuera era algo desagradable, pero nunca imaginó que sería capaz de romper la ley.
¿Pagar para matar a alguien?
Sonaba a locura, pero viniendo de Ivana, la idea no parecía tan descabellada.
—Veré qué puedo averiguar, pero como la policía sigue investigando, tendremos que esperar a que salgan más detalles.
—Héctor, lo único que te toca a ti es recuperarte, ya luego vemos lo demás.
—Delfi, me temo que tendrás que ayudar más a cuidar a Héctor.
—Si se te hace muy pesado, la abuela les puede contratar un enfermero, ¿qué te parece?
Desde el principio Paloma quería contratar a un enfermero, pero Ivana desconfiaba y prefería que la empleada doméstica de la casa se encargara de preparar y llevar la comida.
Delfina solo compraba el desayuno en las mañanas.
Sin embargo, ahora que Ivana no estaba, si Héctor ocupaba ir al baño a media noche o algo así, sería incómodo para Delfina por la situación.
Le devolvió la llamada a su hijo y le explicó cómo el accidente de Perla de hace años ahora había embarrado a Ivana.
—¿Crees que pueda salir? —preguntó Héctor, queriendo usar los contactos familiares para liberarla.
Al final, era su madre.
Grupo Ortiz ya era un desastre financiero, y si encima se filtraba a la prensa que la señora Ortiz estaba arrestada, la compañía se iría a la ruina en un abrir y cerrar de ojos.
Arturo llegó al hospital esa misma noche y les dejó claro que él tenía las manos atadas.
—Antes, con solo una llamada todos me hacían los favores —se lamentó—.
—Ahorita ya ni me contestan el celular.
La empresa ya lo tenía ahogado en problemas, y con Cecilia negándose a ayudar, Arturo ya no sabía ni a quién endosarle el desastre, aunque estuviera dispuesto a perderlo todo con tal de salvarse.
—Ya lo platiqué con Iván Gallegos; pensamos soltar el proyecto de la zona oeste de la ciudad.
—El problema es que ahorita está muy difícil encontrar a alguien que lo quiera agarrar.
—Tú dedícate a recuperarte, Héctor, de lo demás ni te apures.

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