Delfina sabía muy bien que no era la hija biológica de Arturo, y si él decidía echarla, se quedaría en la calle.
Su única opción sería el pequeño departamento de Héctor, ¡pero le aterraba la idea!
¡Solo su madre le daba la seguridad que necesitaba!
Si su mamá no lograba salir de la cárcel, ¿qué iba a hacer con su vida?
En ese instante, Delfina por fin entendió que su madre era más importante que su madrina.
Si su madrina se quedaba en la cárcel, su vida no cambiaba mucho.
Podría seguir adelante como si nada.
Pero si metían a la cárcel a su madre de verdad, su vida entera se iría por el caño.
—Estás alucinando, que se quede con ese puesto el que lo quiera.
Cecilia la miró como si estuviera viendo a una demente.
—¿Tengo cara de extrañar algo de la familia Ortiz?
—Y otra cosa, no me eches la culpa de cualquier estupidez que pase. Yo no tengo el poder para que la policía arreste a la señora Ortiz porque sí.
—Ni te asustes tanto, si la señora Ortiz no ha cometido ningún delito y solo la llamaron para ayudar en la investigación, seguro saldrá muy pronto.
Por el contrario, si Ivana realmente había violado la ley, era muy probable que no volviera a ver la luz del sol.
Cecilia supuso que había algún secreto oscuro en el accidente de Perla de aquellos años.
Qué curiosa la historia de esas dos mujeres: Ivana provocó un choque para matar al bebé que Perla esperaba, arrebatándole además la posibilidad de tener hijos.
Y Perla le devolvió el golpe usando la misma técnica para casi matar al hijo de Ivana en otro choque.
De no ser porque Paloma y ella misma operaron a Héctor, el chico habría perdido la pierna por completo.
Ver a su hijo en silla de ruedas le habría destrozado el corazón a Ivana.
La guerra entre esas dos mujeres era un cuento de nunca acabar, pero la verdadera raíz del problema era Arturo.
A Cecilia le sorprendía que ninguna de las dos se atreviera a ir contra Arturo directamente.
¿De verdad estaban tan enamoradas de él?
—Mi mamá... de seguro no hizo nada malo... —soltó Delfina, aunque ni ella misma se lo creía.

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