A pesar de no haberlo invitado ese día, él se apareció con un regalo. Aunque a Cecilia no le importaba en lo más mínimo el detalle, no podía simplemente devolvérselo si ya se lo había dado.
—Ceci, ¿ya te desocupaste?
Como no tenía ni idea de qué quería Arturo, solo le dijo que aún seguía atendiendo a sus invitados.
—El anciano que se sentó en la mesa principal hoy, ¿era tu abuelo? —preguntó Arturo, sin andarse por las ramas. Tenía miedo de que, si no iba al grano, Cecilia simplemente le diera el avión. A fin de cuentas, esa chamaca ya le había visto la cara más de una vez.
—Ajá, ¿y qué con eso? —A Cecilia no le pasó por la mente que Arturo hubiera reconocido a su abuelo.
¿Qué? ¿Acaso planeaba cambiar de objetivo y apuntar hacia Esteban?
Si Agustín se había negado a hacer tratos con él, las probabilidades de que Esteban aceptara eran completamente nulas. A Cecilia le importaba un pepino lo que pasara con los negocios de los Ortega, y su abuelo tampoco se metería.
Él ya estaba jubilado y había cedido el mando de la empresa a su sucesor, el primo Damián. Por más que Arturo intentara aprovecharse de la situación, sus esfuerzos serían en vano.
—¿De verdad es tu abuelo? ¿Tu mamá es Luciana?
La voz de Arturo subió de volumen, dejando más que claro lo alterado que estaba.
—Quién sea mi mamá no viene al caso. ¿Necesita algo?
El tono gélido de Cecilia bastó para bajarle los humos a Arturo, fue como si le hubieran echado un balde de agua helada encima.
Sí, pensándolo bien, ¿qué importaba de quién fuera hija biológica?
Cecilia ya estaba convencida de que, de no ser por la infidelidad de Arturo, ella jamás habría sido intercambiada al nacer.
A sus ojos, él y su familia eran los malos del cuento y ella la pobre víctima.
Aunque todo el mundo dijera que ella salió ganando y había llevado una vida de lujos en la familia Ortiz, Cecilia no lo veía de esa manera.
Era cierto que la familia Ortiz le había brindado la mejor educación y una excelente calidad de vida, pero, al final de cuentas, ella solo se acordaba de los ratos amargos y olvidaba lo bueno.
Bueno, tal vez eso tampoco era del todo cierto; al menos estaba genuinamente agradecida con su abuela Paloma. La relación entre ellas dos era más fuerte que la de la mismísima sangre.

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