—Si usted ya dedujo que es mi abuelo, me imagino que también debió averiguar un par de cosas por ahí —continuó Cecilia—. Como por ejemplo, que mis padres no terminaron juntos precisamente con la bendición de ambas familias. Por lo tanto, no hay ninguna garantía de que mi abuelo me vaya a hacer caso solo por pedírselo. Además, vivimos juntos como padre e hija durante dieciocho años y creo que yo tampoco le quedé a deber nada en lo absoluto. Así que mejor dejemos ciertas cosas en paz y ahórreme la incomodidad de poner la cara por usted, ¿sí?
El tono de su última frase fue extrañamente suave.
Pero el mensaje subyacente era muy claro: «No te puedo ayudar, así que deja de molestarme».
A fin de cuentas, a Arturo no le quedó de otra más que probar de su propia medicina.
Colgó el teléfono.
Se le pasó por la mente ir a buscar a Esteban por su cuenta, pero no sabía ni por dónde empezar ni tenía las conexiones necesarias.
Para entonces, Cecilia se encontraba en un hotel.
Había llevado a Esteban y al resto de su familia materna a instalarse. Se trataba del mismo hotel donde se había hospedado el señor Ezequiel la última vez que estuvo de visita.
Agustín se lo había recomendado, ya que él mismo había evaluado las instalaciones y su estadía anterior había sido más que satisfactoria; por ende, les pareció buena idea repetir el lugar.
Fue la misma Cecilia quien reservó las habitaciones para todos, incluida una para Agustín.
Obviamente, ella no planeaba quedarse a dormir ahí, y en cuanto terminó la llamada telefónica, le avisó a su abuelo que ya iba de salida.
—Esta es una suite, bien podrías quedarte a dormir aquí si quieres.
Esteban siempre le pasaba por alto cualquier cosa a su nieta. En el fondo, sentía que Cecilia era la niña de los ojos de Luciana y, por extensión, el tesoro de la familia Ortega.
Haber conocido en persona a la madre de Néstor le sirvió para confirmar una cosa: la familia Ortiz no era para nada una familia común y corriente.
Néstor no había salido del monte siendo un simple pobretón, de eso no cabía duda.
La charla entre los consuegros fluyó de lo mejor, y conforme avanzaba la plática, más impresionado se quedaba Esteban.
En papel, la familia Ortiz daba la impresión de ser la clásica familia de ricos de rancho, pero la presencia de Lorena irradiaba por completo el aire de una dama de alta sociedad, de esas que vienen de familias cultas de toda la vida.

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