La maestra Molina era una mujer muy amable.
No había cambiado su trato hacia Cecilia ni le hacía malas caras por el cambio en su estatus familiar.
Les hizo señas a las dos estudiantes:
—¿Me buscaban?
Sandra le guiñó un ojo a Cecilia, sintiéndose culpable como si la hubieran atrapado en una travesura.
Cecilia, en cambio, fue directa.
—Profa Molina, quería ver si me puede ayudar a solicitar un lugar en la residencia escolar.
Cecilia en realidad no quería vivir en la escuela, pero tenía que seguir el protocolo.
La maestra frunció el ceño:
—Cecilia, ya casi termina el semestre, ¿por qué quieres solicitar la residencia de repente?
—Maestra, es que como Ceci ya no es hija de los Ortiz, la corrieron de la casa. Ahorita no tiene dónde vivir, por eso quiere ver lo de la residencia.
El alojamiento en la escuela era gratuito, habitaciones dobles con muy buen ambiente.
Eran tipo departamento: cuatro personas compartían una suite con lavadora, refrigerador y baño independiente.
Lo que dijo Sandra dejó helada a la maestra. Recordó lo que el director le había comentado antes.
La familia Ortiz había tramitado el traslado de la hija biológica, Delfina. Eso era normal, muchos padres movían cielo y tierra para meter a sus hijos en Cerro Claro.
Pero el director mencionó que el hermano mayor de los Ortiz quería que la hija adoptiva, Cecilia, se fuera de la escuela.
El instituto no reembolsaba colegiaturas a mitad de curso.
Aunque Cecilia se diera de baja, a los Ortiz no les beneficiaba en nada económicamente.
¡Qué crueldad tener esa mentalidad con una hija que criaron dieciocho años!
Se decía que los verdaderos parientes de Cecilia vivían en un pueblo, y los maestros más chismosos decían que los Ortiz habían mandado a la niña de regreso al rancho esa misma noche.
Realmente no tuvieron ni una pizca de consideración, ni siquiera para guardar las apariencias.
La maestra miró a la joven con compasión:
—Entiendo. Déjame ver si puedo tramitar la solicitud.



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