—La policía ya está investigando, y el director está con ellos. Solo hay que esperar los resultados —titubeó.
—Tranquila, Tatiana. Te juro que, aunque haya sido un accidente, la producción va a darles una respuesta a ti y a Valentina.
Por dentro, el pobre hombre temblaba. Si se trataba de una negligencia, la demanda sería millonaria.
Y eso sin contar la película: ¿podrían siquiera terminarla?
Con la actriz principal postrada en una cama, el proyecto se había vuelto un dolor de cabeza. Aunque buscaran un reemplazo de emergencia, dudaba que alguien quisiera el papel ahora.
Los inversionistas iban a poner el grito en el cielo; las pérdidas serían estratosféricas. Seguramente el proyecto se cancelaría de golpe.
Ante un panorama tan oscuro, el subdirector se pasaba las manos por el cabello, desesperado.
—¿Una respuesta? ¡No me hagas reír! —escupió Tatiana—. ¿Acaso no escuchaste al médico?
—¡Es muy probable que a Valentina le hayan desgraciado la vida para siempre! Y apenas va empezando. —La furia de Tatiana era genuina.
La historia de Valentina era de las que inspiraban. Venía desde abajo, de un pueblo alejado, y había tenido que luchar contra una familia machista que la despreciaba.
A pesar de todo, había salido adelante por sus propios méritos.
Gracias a los consejos de Tatiana, había dejado de ser la hija sumisa; aunque no pudo cortar lazos por completo, al menos logró frenar un poco el abuso económico de sus padres.
Le había costado sangre, sudor y lágrimas hacerse de un nombre en la industria.
Y ahora, por culpa de una maldita escena, todo su esfuerzo se había ido a la basura. ¿Quién podría soportar algo así?
Viéndola hecha una fiera, el subdirector solo pudo agachar la cabeza y murmurar:
—De verdad, nosotros tampoco queríamos que pasara esto.
—¡Por favor! —ironizó ella—. Si no querían que pasara, ¿entonces por qué falló el equipo?
—En una escena con arnés, ¡se supone que revisan todo con lupa! ¡Las cuerdas de seguridad son lo más básico!
—¡Esto es negligencia pura, ¿te queda claro?!
—Fue la propia asistente de Valentina.
A Tatiana le zumbaban los oídos.
—¿Qué? ¡No inventes! —exclamó—. Ella está aquí cuidando de Valentina, ¡es imposible!
—Recuerda que trajo a dos asistentes para este rodaje. Una es la que tú contrataste, y la otra es su prima... Melina, ¿verdad?
¿Melina?
En efecto, era su prima. Desde que Valentina alcanzó la fama, Melina se la pasaba rogando que la metieran al mundo del espectáculo.
La muchacha era una experta aduladora y, al final, Valentina había cedido; aceptó llevarla como asistente, prometiendo conseguirle algún papel secundario si se presentaba la ocasión.
Pero Tatiana nunca había confiado en ella. En un par de ocasiones la atrapó intentando jugarle chueco y no dudó en ponerla en su lugar.
Le había insistido mil veces a la actriz que se deshiciera de esa víbora si quería trabajar en paz. Sin embargo, Valentina nunca tuvo el valor de despedirla.

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