Y pensar que esa misma víbora fue la que la apuñaló por la espalda.
—Pero ¿por qué? ¡No tiene lógica! —replicó Tatiana.
Nada encajaba. Melina dependía económicamente de ella. Si Valentina moría, no ganaba absolutamente nada, ni siquiera como heredera, siendo solo la prima.
—Porque la compraron —gruñó el director, igual de fúrico. Con ese chistecito, todo el cronograma de filmación se había ido al caño.
No podía creer que Valentina hubiera contratado a una saboteadora. ¡Menuda familia! Y, la verdad, no entendía cómo alguien tan calculadora como Tatiana había permitido que un peligro andante siguiera en la nómina.
Tatiana se frotó las sienes, sintiendo que le iba a estallar la cabeza.
—¿Dónde está Melina?
—Ya la tiene la policía —respondió el director—. Hay pruebas de sobra, no tiene salida. Lo que me preocupa es que intente manipular a Valentina para que le otorgue el perdón.
—Que ni se atreva —siseó Tatiana—. Valentina jamás le va a perdonar esto. Ahora dime, ¿quién le pagó?
El director soltó un bufido de frustración.
—Maurino Gallegos fue el autor intelectual. Se dedicó a seducir a la niñita esa, y la tonta de Melina cayó rendida a sus pies.
Resultaba que el actor tenía una novia oficial que también había audicionado para el papel protagónico. En cuanto el director vio a Valentina, no buscó más.
Pero la novia se ofendió, jurando que le habían robado el papel, y se la pasó llorándole al novio al oído.
Y el noviecito, que no brillaba por su inteligencia, era el clásico mirrey con dinero de sobra que actuaba por puro pasatiempo. Convencido de que su mujer merecía ser la estrella, decidió quitar del camino a quien le hacía sombra.
—¿Cómo puede ser tan imbécil? —Tatiana estaba atónita. ¿Qué clase de lógica retorcida era esa? ¿Acaso el infeliz creía que en este país no castigaban el intento de homicidio?

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