Gonzalo también notó la incomodidad de Delfina. Suspiró; después de todo, no había crecido a su lado.
Para ella, él, su propio padre biológico, era prácticamente un extraño.
—Cuando tu mamá tuvo el accidente, me preocupé mucho por ti —dijo.
—Delfi, ya debes saber la verdadera relación que hay entre nosotros. Amo mucho a tu mamá, pero por ahora no podemos estar juntos en esta situación. Espero que lo entiendas.
Delfina, al ver la expresión llena de afecto de Gonzalo, solo sintió una repulsión indescriptible.
Un hombre infiel y una mujer adúltera la habían convertido en una hija ilegítima, algo que le dejaba un trago amargo imposible de externar.
Pero por el momento, no podía darse el lujo de romper lazos abiertamente con Gonzalo.
Si las cosas salían mal con la familia Ortiz, el señor Vera sería su último recurso.
—Lo siento, señor Vera, pero por ahora no puedo aceptar esto —respondió.
Al verla tan frágil y vulnerable, Gonzalo se acordó de Ivana hace muchos años.
¿Por qué Arturo tuvo el corazón para lastimar a una mujer tan delicada como Ivana?
Gonzalo había estado dispuesto a protegerla, incluso a cargar con una mala reputación por ella.
Y ahora, también estaba dispuesto a velar por esta hija suya.
—Entonces hablemos de tus estudios —propuso—. Tienes que cuidar a tu hermano en el hospital, pero ¿te has puesto a pensar que estás a punto de enfrentar una decisión muy difícil?
—¿Vas a entrar a la universidad o vas a tomarte un año para volver a presentar el examen de admisión?
Delfina se quedó pasmada ante la pregunta. Había estado tan ocupada últimamente que ni siquiera lo había pensado.
No esperaba que esa fuera la mayor preocupación del señor Vera.
—Yo... —A Delfina le habría gustado ir directamente a la universidad, pero en la que había sido aceptada no era nada para presumir.
Siguiendo el consejo de Ivana, había puesto en su solicitud a una universidad pedagógica local.
Pero Delfina no estaba conforme.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana