El director pensó para sí mismo que de verdad se le habían pegado como sanguijuelas.
«Ni que fuera mi hijo. Ya está grandecito, si tiene hambre, ¿no puede ir a comprarse algo él mismo?».
—Mateo, mi asistente, llévalos a la cafetería a comer.
El director dudó un momento, pero por miedo a que causaran más problemas, le dio la orden a su asistente.
El asistente, por supuesto, obedeció, pero la familia Calvo no era tan dócil.
—¡No, yo no voy a comer a la cafetería! La comida del hospital sabe horrible. ¡Yo también quiero ir a comer a ese hotel de lujo! —gritó Matías haciendo berrinche.
Al director le empezó a doler la cabeza al instante.
Decidió que, en el futuro, sin importar con quién trabajara, primero investigaría a fondo sus antecedentes familiares.
Lidiar con familiares tan irracionales como los de Valentina resultaba ser un dolor de cabeza enorme en cuanto surgía el mínimo problema.
—¡Me van a colmar la paciencia! —El director se dio una palmada en la frente—. ¡Si no quieren comer, pues quédense con hambre! ¡Qué berrinche es ese!
Tras el grito del director, Matías bajó la voz de inmediato.
Al ver que nadie le hacía caso, el muchacho se sintió insatisfecho.
¿Por qué tenía que quedarse con hambre? ¿Qué intenciones ocultas tenía el director? ¿Acaso planeaba matarlo de hambre, siendo él el único hijo varón de la familia Calvo, para así quedarse con la herencia de su hermana? ¡Eso no lo iba a permitir!
¡Tenía que comer, y llenarse bien la panza!
Miró a su madre, y ella se apresuró a aclarar su postura:
—Comeremos. Ya no te pongas de exigente, tu hermana sigue en el hospital.
—Ya que... la den de alta, ¿no podremos comer lo que se nos antoje?
En realidad, Ágata iba a decir que, cuando se muriera y cobraran el dinero de Valentina, podrían comer donde quisieran.

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