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—El problema de la columna solo se puede evaluar bien viéndola en persona —respondió Cecilia—. ¿Quieres que le pida a mi abuela que venga a revisarla?
Como su tía Tatiana había mencionado a Paloma Ruiz, Cecilia supuso que no quería que ella misma se encargara, sino que prefería a alguien con mucha más experiencia, como la señora Ortiz.
—Cuando la pasen a piso, puedo llamarle a la abuela Paloma Ruiz para que le eche un vistazo.
A decir verdad, Cecilia no estaba segura de si la señora Ortiz seguiría aceptando casos de lesiones en la columna.
Al no haber realizado ella la cirugía inicial, sería bastante complicado que entrara a corregir el trabajo de otro, por lo que tal vez sería mejor que interviniera con métodos de medicina tradicional para la rehabilitación.
—No hace falta que se lo pidas tú. Solo ayúdame a conseguir una cita con la señora Ortiz y yo misma hablaré con ella —aclaró Tatiana.
Tatiana no quería involucrar a su sobrina. Eran asuntos de su trabajo y prefería no tener que aprovecharse de los favores de la joven.
Aunque el simple hecho de presentarla ya era un gran favor, de momento no se le ocurría ninguna otra solución. Pediría ayuda solo en lo estrictamente necesario.
—Está bien. —Cecilia asintió sin decir más; dejaría que su tía Tatiana lo manejara a su manera.
Ágata, por su parte, escudriñaba a Cecilia de reojo a cada rato. Nunca antes había visto a la muchacha, pero al escuchar que llamaba a Tatiana "tía", empezó a maquinar ideas en su cabeza.
Su hijo aún era joven, pero en algún momento tendría que buscarse una mujer, y, obviamente, ella no quería que se conformara con cualquier muchacha de pueblo.
Una chica de ciudad como Cecilia, de piel tan delicada, quizá no estaba acostumbrada a trabajar duro como las campesinas, pero tenía una enorme ventaja: ¡tenía dinero!
Tatiana era bastante adinerada gracias a que usaba a Valentina como su mina de oro. Y viendo que a su sobrina no le dolía en lo absoluto ir a comprar comida a un hotel de lujo, era obvio que la chamaca provenía de una familia con muchos recursos.
Si lograba que su hijo se quedara con ella, ¡tendrían la vida resuelta sin tener que mover un dedo! Y además tendrían a esa muchacha tan bonita atendiéndolos; solo de pensarlo le parecía un escenario maravilloso.
—Mi hijo también está estudiando. Pero, la verdad, yo siempre digo que está bien que los hombres estudien, pero a las mujeres, ¿para qué les sirve tanta escuela?
»A mi hija, desde que se fue a estudiar a la ciudad, no solo se le subieron los humos a la cabeza, sino que hasta se atrevió a cambiarse el nombre.
»Ahora ganará su buen dinero, pero al fin y al cabo, el mejor lugar para una mujer es en la casa, atendiendo a su esposo y a sus hijos. A mi parecer, las carreras deberían dejárselas a los hombres.
»¿Verdad que mi hija es muy bonita? Pues mi hijo es igualito a ella. Yo siempre he dicho que deberíamos haber metido a Matías a eso del espectáculo. Si él fuera actor, seguro traería mucha más plata que su hermana.
»Pero la desgraciada esa nunca quiso ayudar a su hermano. Y mírala ahora, al borde de la muerte, y mi muchacho todavía no logra entrar a la farándula.
Cecilia se quedó sin palabras ante tal comentario. «¿Se estará escuchando las sandeces que está escupiendo?».
—Aunque la verdad —continuó Ágata—, yo siento que, si tu tía se anima a representar a mi Matías, segurito que lo hace famoso.

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