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—¡Sería mejor que fuera como las niñas de mi pueblo, que a los tres años ya saben ir a la milpa a ayudar!
Ágata señaló a Cecilia de forma despectiva:
—¡Haber puesto mis ojos en ella es una verdadera bendición para su vida!
»Si no quieren, pues tampoco la voy a obligar, pero le dijiste poca cosa a mi hijo, ¡así que me le vas pidiendo disculpas ahora mismo!
Ágata sabía ser astuta cuando le convenía y no pasó por alto que Tatiana acababa de insultar a su preciado hijo.
El peliteñido, en un principio, se había ilusionado al escuchar a su madre decir que le arreglaría algo con esa chica tan guapa. En su ranchería nunca se había cruzado con una joven tan deslumbrante.
—¿Y a poco no saben el nivelazo que trae tu hijo? Se la pasaba en la escuela metido en peleas, fumando a escondidas, en amoríos baratos y de visita recurrente en la comandancia de policía —le soltó Tatiana.
»Es la escoria de su rancho. ¿Y crees que una basura así tiene derecho de siquiera plantarse frente a mi sobrina?
»Nada más mírenle al prometido: guapísimo, educado, ¡y aparte es un multimillonario con empresas en todo el país!
Hasta ese momento, a Tatiana le había disgustado un poco el hecho de que Agustín fuera mayor que su sobrina, pero en ese instante solo tenía alabanzas para él. Obviamente, su único propósito era hacer enfurecer a Ágata.
Y, para ser justos, no decía más que la pura verdad. Si lo comparaba con el vago, Agustín resultaba la pareja perfecta para Cecilia.
A Agustín no le inmutaron todos esos elogios. En cambio, Cecilia no pudo evitar soltar una risita por lo bajo. Nunca antes había escuchado a su tía expresarse de esa forma sobre él.
Ágata todavía quiso intentar responder, pero si abría la boca, solo conseguiría humillarse todavía más. El más afectado de todos era el muchacho del pelo pintado.
Acostumbrado a presumir por los rincones del mundo gracias al éxito de su hermana actriz, creía ser alguien importante. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos lo habían rebajado al nivel del fango. Las palabras crudas de Tatiana, exhibiéndolo como un inútil, lo llenaron de vergüenza.
Al principio se había quedado callado, pero ahora solo quería que la tierra se lo tragara.
—¡Ya cállate! —le gritó a su madre antes de que ella dijera algo más.

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