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—Dime, niña, ¿qué te parece nuestro Matías?
Ágata intentó agarrar la mano de Cecilia, pero la muchacha la esquivó rápidamente.
Agustín se interpuso al instante, protegiendo a Cecilia:
—¿Qué cree que hace?
—¿Qué te pasa a ti, muchacho? ¿Por qué te metes? —reclamó Ágata—. Solo quiero platicar con la niña, ni que le fuera a pegar.
A Ágata le molestó enormemente la actitud protectora de Agustín.
Ya había decidido emparejar a Cecilia con su hijo, ¡no iba a tolerar que otro hombre anduviera estorbando!
—Si no me meto, le iba a poner las manos encima —respondió Agustín con una risa sarcástica—. Ella no es nada suyo. Si quiere hablar, hable, pero no ande tocando.
Ágata se indignó por completo:
—¿Y qué tiene de malo que la agarre? Lo hago porque me cae bien. Además, ¿tú qué eres de ella para andar de entrometido?
Al ver las malas intenciones de la mujer, Agustín dejó las cosas claras:
—Pues, para su mala suerte, soy su prometido.
«¿Cómo que tan joven y ya está comprometida? ¡Se me está escapando de las manos mi gallina de los huevos de oro!».
Reacia a rendirse, Ágata replicó:
—Pues, aunque seas su prometido, no deberías ser tan controlador. Si la chamaca ni ha dicho nada.
Cecilia asomó la cabeza por detrás del hombro de Agustín:
—Señora, yo estoy de acuerdo con mi prometido. Si tiene algo que decir, dígalo de lejos. No me gusta que los desconocidos me toquen.
«¡Qué desconocidos ni qué nada, si soy tu futura suegra!», gritó Ágata en su interior.
»Mi sobrina no solo es hermosísima, sino que estudia en una de las mejores universidades de todo el país. ¿De verdad crees que tu pedazo de inútil es digno de ella?
»¡Eso sí que es apuntar demasiado alto para tan poco nivel!
»¿Acaso no tienes ni tantita idea del lugar que ocupan?
Tatiana llevaba mucho tiempo tolerando a la familia Calvo. El hecho de que Ágata hubiera puesto los ojos sobre su sobrina colmó el vaso y rebasó todos sus límites.
Y, para rematar, ¡Agustín estaba justo ahí! ¿Qué carajos pretendía hacer la mujer frente a la misma cara del prometido?
Ante la descarga de Tatiana, el rostro de Ágata pasó por todos los colores posibles.
—¡Si no te parece, pues dilo, pero no tienes que ponerte así de grosera!
»¡Con toda la fortuna que tiene mi hija, que al final le va a quedar a mi muchacho, hasta le alcanza para conseguirse a una niña rica! ¡Si me fijé en tu sobrina, es porque le estoy haciendo un gran honor!
»Y ¿de qué sirve que esté en la mejor universidad? ¡Tanto estudio en una mujer es pura pérdida de tiempo!

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