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—Dime, niña, ¿qué te parece nuestro Matías?
Ágata intentó agarrar la mano de Cecilia, pero la muchacha la esquivó rápidamente.
Agustín se interpuso al instante, protegiendo a Cecilia:
—¿Qué cree que hace?
—¿Qué te pasa a ti, muchacho? ¿Por qué te metes? —reclamó Ágata—. Solo quiero platicar con la niña, ni que le fuera a pegar.
A Ágata le molestó enormemente la actitud protectora de Agustín.
Ya había decidido emparejar a Cecilia con su hijo, ¡no iba a tolerar que otro hombre anduviera estorbando!
—Si no me meto, le iba a poner las manos encima —respondió Agustín con una risa sarcástica—. Ella no es nada suyo. Si quiere hablar, hable, pero no ande tocando.
Ágata se indignó por completo:
—¿Y qué tiene de malo que la agarre? Lo hago porque me cae bien. Además, ¿tú qué eres de ella para andar de entrometido?
Al ver las malas intenciones de la mujer, Agustín dejó las cosas claras:
—Pues, para su mala suerte, soy su prometido.
«¿Cómo que tan joven y ya está comprometida? ¡Se me está escapando de las manos mi gallina de los huevos de oro!».
Reacia a rendirse, Ágata replicó:
—Pues, aunque seas su prometido, no deberías ser tan controlador. Si la chamaca ni ha dicho nada.
Cecilia asomó la cabeza por detrás del hombro de Agustín:
—Señora, yo estoy de acuerdo con mi prometido. Si tiene algo que decir, dígalo de lejos. No me gusta que los desconocidos me toquen.
«¡Qué desconocidos ni qué nada, si soy tu futura suegra!», gritó Ágata en su interior.

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