Bajo la mediación de Tatiana, ambas partes llegaron a un acuerdo rapidísimo.
Valentina se comprometió a mandarles única y exclusivamente una pensión básica mensual, pero de ahí en fuera se deslindaba de cualquier otra responsabilidad.
Por mucho que los Calvo patalearan, con el video de seguridad como prueba, no les quedó de otra más que tragarse su orgullo y aceptar.
Su único plan era dejar pasar el tiempo, esperar a que a Valentina se le bajara el coraje e intentar convencerla después para sacarle más provecho.
Ni por asomo sabían que la que en realidad estaba acostada en esa cama era Cecilia haciéndose pasar por Valentina.
Así que, que le hubieran arrancado el oxígeno o le hubieran cerrado el suero, no le hizo ni el más mínimo daño a la verdadera Valentina.
Pero a Tatiana le había funcionado a la perfección usar eso para amenazarlos.
Como les pintaron el estado de salud de Valentina casi como una sentencia de muerte, Ágata terminó muerta de miedo por ir a la cárcel por asesinato.
Y Román, que aunque de inmediato se lavó las manos y culpó a su mujer de todo, le temblaban las piernas de pensar que Ágata, ya en el ministerio público, lo echara de cabeza como su cómplice.
De ahí que hubieran llegado muy picudos, creyéndose los dueños del mundo, y terminaran largándose del hospital con la cola entre las patas.
Era seguro que no darían más lata por un buen rato.
—Lo más seguro es que en el futuro quieran volver a jugarle al drama emocional a la señorita Calvo —comentó Cecilia, que había visto salir a la familia entera.
No creía que se quedaran de brazos cruzados tan fácil.
Lo suyo era solo retirarse porque tenían la batalla perdida de momento.
—No me preocupan. Si algún día se atreven a volver, nomás les restregamos el video otra vez.
Tatiana no le dio la menor importancia.
En cuanto a Valentina, apenas había despertado de la cirugía y la verdad es que se encontraba con la energía por los suelos.
Aun así, no dejaba de sentirse inmensamente agradecida con Cecilia, tanto por haberla operado, como por su apoyo durante la noche.
—Señorita Ortiz, de verdad no encuentro las palabras para agradecerle.
Cecilia hizo un gesto con la mano, restándole importancia: —No tiene nada que agradecer. A mí no me costó nada.
—Ahorita lo que tienes que hacer es descansar y evitar hablar de más. Ya que te recuperes un poco más, para la rehabilitación...
Cecilia estuvo a punto de decirle que podía acudir a ella, pero lo dudó, al fin de cuentas, no toda la gente confiaba en la medicina tradicional, y, francamente, ella tampoco era que tuviera tiempo de sobra.
Si no fuera porque le tenía aprecio a su tía Tatiana, ni siquiera se lo habría ofrecido.


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