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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 804

Por lo visto, la vieja de los Ortiz siempre había tenido sus reservas con Delfina desde el principio.

Lo más seguro es que ya hubiera notado que la muchacha no tenía ningún parecido con su hijo ni con su nuera, y se hubiera imaginado que no llevaba su sangre.

¿Si no, de qué otra forma se explicaba que la almohada de madera de agar no hubiera sido para Delfina? ¿Por qué la casa de la dote tampoco le tocó, y mucho menos un compromiso tan beneficioso como ese?

Qué suerte que Delfina, al fin y al cabo, no era su hija de verdad, sino el fruto de la infidelidad de Ivana con su amante.

Ese pequeño detalle le traía algo de alivio al adolorido orgullo de Arturo.

—¿Por qué se le queda viendo a la llave? ¿No la quiere? ¿O de plano prefiere irse de arrimado al pueblo con la abuela? —preguntó Cecilia—.

—Ella ya está acostumbrada a la paz de su casita. Si usted le cae de sorpresa, hasta de pilón le tocaría cuidarlo, ¿qué necesidad hay de amargarle la vida?

Tras asimilar la retahíla de verdades que Cecilia le soltó de sopetón, Arturo al fin reaccionó.

—¿Ya no nos tienes coraje?

—Nunca les he tenido coraje —contestó Cecilia, con un tono indiferente.

Lo que sentía por la familia Ortiz era un rollo complicado.

Pero odio no había.

Lo de comprar el departamento fue algo que se le ocurrió en cuanto oyó rumores de que iban a terminar en la calle.

Consiguió uno ya con todos los muebles y acabados, listo para que se instalara ese mismo día.

Tenía tres cuartos, sala-comedor y un par de baños; el espacio suficiente para que Arturo y Héctor no anduvieran apretados.

En cuanto a Ivana y a Delfina, seguro que ni pisarían el lugar.

A Arturo también le pasó por la mente ese mismo detalle, y quiso dejárselo en claro a Cecilia: —Ya me divorcié de la señora Ortiz.

Como Ivana no quería que le quitaran las propiedades que tenía a su nombre, lo más lógico era pintar su raya y separarse legalmente del fracasado de Arturo.

Y él no le puso peros.

Aunque, ojo, no lo hizo para complacerla a ella, sino pensando en asegurar el futuro de su hijo Héctor.

Las cosas que Ivana había protegido algún día caerían en manos del chamaco.

Y ella misma había jurado que le heredaría la mayor parte de su fortuna a él.

A su hija, si bien le iba, le iba a tocar quedarse con un montón de joyas y uno que otro detallito.

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