Mientras más madura se mostraba Delfina, más culpa sentía Ramiro.
—Perdóname, Delfi —volvió a decir Ramiro.
En su interior, añadió una promesa en silencio: «Te lo compensaré en el futuro».
Delfina forzó una sonrisa:
—No pasa nada, Ramiro. Sé que no tienes opción. Tengo que ir a cuidar a Héctor, ya puedes irte.
Mientras más intentaba hacerse la fuerte, más mal se sentía él.
Ambos salieron del hospital en completo silencio.
Ramiro iba consumido por la culpa, mientras que Amanda pensaba que esa tal Delfina iba a ser un dolor de cabeza.
Había sabido jugar perfectamente con la culpa del hombre.
Si en el futuro le iba bien en la vida a la chica, no habría problema, pero si le iba mal, seguro volvería a buscar a Ramiro.
—Ramiro —dijo Amanda, decidida a dejar las cosas claras antes de casarse.
—Mande —respondió él, distraído.
En el pasado, Ramiro jamás se habría fijado en una chica como ella.
De hecho, su padre tenía la esperanza de que intentara reconquistar a Cecilia.
Hasta que descubrieron que el actual prometido de Cecilia era Agustín Sandoval, el director general de Grupo Novaterra.
Un hombre del calibre de Agustín era alguien que una familia al borde de la quiebra no podía permitirse ofender.
Como no querían cavar su propia tumba, descartaron por completo la idea de acercarse a Cecilia.
Ahora solo rogaban que ella no les guardara rencor.
—¿De verdad estás de acuerdo con cancelar tu compromiso con Delfina?
—Para ser sincera, cuando mi papá propuso esto, yo no quería —continuó Amanda—.
—Tú tenías prometida. Que rompas con ella para casarte conmigo nos va a poner en el ojo del huracán.
—Y si el día de mañana sigues buscándola a escondidas, la que va a quedar como una estúpida soy yo.
Era una sospecha bastante lógica.
El corazón de Ramiro dio un vuelco.

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