—Vaya, así que eres la joven heredera de los Ortega —dijo Darío con un tono muy amable.
Los Ortega eran inmensamente ricos e influyentes; nadie en su sano juicio buscaría problemas con ellos.
Aunque él no se dedicaba a los negocios, a su edad sabía perfectamente cómo tratar con la gente poderosa.
—Para nada, soy solo una estudiante común y corriente. Es un gusto conocerlo, señor Darío.
La modestia de Cecilia tomó a Darío por sorpresa.
¿Le acababa de decir «señor Darío»?
—Por cierto, se me olvidó comentarte que esta muchacha es de nuevo ingreso en la Universidad de Viento Claro. Va a estudiar medicina.
Ezequiel hablaba con un tono de orgullo, como si los logros de Cecilia fueran suyos.
—¿De verdad? —Darío la elogió con cortesía—. Se ve que la señorita es muy aplicada.
Su propia nieta también era una estudiante ejemplar, pero si su competencia era esta joven, de pronto ya no estaba tan seguro de que pudiera ganarle.
Por la actitud de Ezequiel, quedaba clarísimo que la adoraba.
Sin embargo, el compromiso anterior entre ambas familias había terminado en un escándalo. ¿Acaso planeaban revivirlo con la siguiente generación?
El simple hecho de que los Sandoval y los Ortega no se hubieran peleado a muerte ya era bastante sorprendente, pero llegar al extremo de heredar un compromiso roto...
Darío miró de reojo a Cecilia y luego a Agustín.
Tenía que admitirlo: ambos eran sumamente atractivos, y juntos hacían una pareja tan deslumbrante que costaba apartar la mirada.
En el fondo, se arrepintió de no haber intervenido antes solo porque Agustín siempre se mostraba distante.
Pensó que, siendo su nieta la mujer, debía mantener cierto porte.
Decidió que esperar a que Adelina regresara a México para dar el primer paso no era tan mala idea.
¡Quién iba a imaginar que alguien se les adelantaría así!
A pesar del coraje entripado que sentía, Darío decidió no prestarle demasiada atención a Cecilia.
No olvidaba el verdadero motivo de su visita.
—Bueno, vengo a checarte esa salud.
La propuesta de Darío fue aceptada de inmediato por Ezequiel, quien estaba de excelente humor.
—Pues revísame bien, te prometo que mis piernas están muchísimo mejor que el año pasado.

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