—Lorenzo ya probó mi pomada casera, obvio esta versión de fábrica le va a parecer inferior —comentó Cecilia.
—De todas formas, ya no tengo tiempo para andar haciendo cremas a mano, así que ni modo, le toca usar la comercial.
—Digo, funcionar sí funciona, nomás que es un proceso más tardado. Estoy segura de que a él no le importa.
Y en efecto, a Lorenzo le daba igual. De hecho, el actor pensaba que la versión original era tan ridículamente milagrosa que cualquiera pensaría que traía esteroides o algo por el estilo. Un avance más lento, pero evidente a simple vista, daba mucha más confianza.
—Yo opino igual que tú —Enzo le dio la razón de inmediato.
—Dime qué más quieres ver de la empresa, te muestro todo.
Como Cecilia era socia capitalista gracias a su receta, Enzo quería que revisara todo con lupa. Si salía algún detalle, era mejor arreglarlo en caliente. Y si todo estaba en orden, pues qué mejor.
Cecilia negó con la cabeza y le sonrió:
—Nada más. Tú le sabes más a esto que yo, yo ni idea de cómo llevar un negocio.
—Lo único que sé es que la calidad tiene que estar impecable. Mientras la pomada salga buena, los clientes van a llover.
Con la promoción de Lorenzo y el respaldo de la familia Ortega, era prácticamente imposible que el negocio fracasara. Incluso si Enzo trataba de mantener un perfil bajo respecto a su apellido, la gente igual se iba a enterar de que era el hijo menor de los Ortega. Al abrir su empresa, no faltaron los lambiscones que le inyectaron capital solo para quedar bien con su familia. Ni modo: a algunos les toca empezar con ventaja; lo que para unos es meta, para otros es punto de partida.
—Por la calidad ni te apures, eso está asegurado. Los Ortega levantamos nuestro imperio a base de pura honestidad —dijo Enzo con orgullo—. Como siempre dice tu abuelo...
Como Cecilia no se crio con el patriarca de la familia, no sabía a qué se refería; pero Enzo y sus dos hermanos llevaban toda su vida escuchando esos sermones sobre cómo llevar los negocios. El prestigio de la familia Ortega no se había construido en un par de días, y definitivamente eran unos maestros para eso. Su filosofía era clara: la honestidad por delante. Cualquiera que intentara hacer tranzas, tarde o temprano se iba a ir a pique. Entre tantas familias poderosas en el mercado, el hecho de que la familia Ortega siguiera en la cima indiscutible demostraba que su fórmula secreta funcionaba.

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