—Jura que usted tiene una enfermedad terminal y que tiene los días contados. ¡Por eso se asustó tanto cuando le dijo que quería dormirse temprano y llevarla de vacaciones en sus últimos momentos!
—Tío, va a tener que explicarle bien las cosas, porque la pobre mujer ni siquiera pudo dormir anoche de la pura mortificación.
Alonso se quedó mudo del otro lado de la línea. Con razón Lourdes andaba tan alterada. ¡Pensaba que se iba a morir! Definitivamente, tenía que agendar ese chequeo médico cuanto antes para que se quedara tranquila.
Como no pasaba de ser un malentendido, Cecilia no le dio más vueltas y colgó la llamada.
Enzo la llevó a darle una vuelta por el área de investigación, donde le entregaron las muestras del producto final. En efecto, se habían basado al pie de la letra en su fórmula; sin embargo, al ser producción industrial y no haberla hecho ella a mano, era obvio que no tendría el mismo nivel de eficacia.
—Me llevo una para probarla —anunció Cecilia. Al ser su propia receta, tenía que asegurarse personalmente de qué tan bien funcionaba.
Enzo la miró, confundido:
—¿A poco tienes cicatrices, Ceci?
Si no tenía heridas, ¿dónde la iba a probar?
Cecilia cayó en cuenta. ¡Cierto! Ella misma usaba su pomada original, así que obviamente no tenía ni una sola marca vieja en el cuerpo. Tampoco se había lastimado hace poco. ¿Qué se suponía que haría? ¿Cortarse el brazo a propósito?
—Olvídalo —suspiró—. Pásame los resultados del grupo de prueba, me guiaré con los puros datos.
—Va que va —aceptó Enzo, guiándola hacia las computadoras donde tenían el expediente detallado de cada paciente.
Cecilia se puso a analizar la información y asintió, bastante conforme con el resultado. Esa versión comercial de la pomada cicatrizante era más que suficiente para resolver las necesidades del público general.
A Valentina le costó creerle a Lorenzo cuando este le aseguró que esa misma fórmula le había borrado las cicatrices y lo había salvado de quedar desfigurado. Pero, al final del día, sabía que Lorenzo no tenía motivos para jugarle chueco, y mucho menos Tatiana.
Así que decidió ponérsela sin miramientos. Aunque, siendo honestos, quién sabe qué tanto de eso era simplemente por pura desesperación de sentir que ya no tenía nada que perder.
Hasta la fecha, Valentina seguía en rehabilitación bajo la supervisión de Cecilia, pero los avances eran casi nulos. Vivía con el miedo constante de no saber si volvería a caminar.
Cecilia siempre le recalcaba que la clave de la terapia era mantener una actitud positiva y no rendirse, cosa que ella se esforzaba muchísimo por cumplir.
Aguantaba el cansancio y el dolor, pero lo que de verdad la aterraba era echarle todas las ganas del mundo y seguir paralizada. Como no se atrevía a desahogar esa angustia con nadie, su estado de ánimo estaba por los suelos.
Cecilia no tardó en darse cuenta de lo que pasaba, pero no se le daba nada bien eso de consolar a la gente.

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