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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 840

—¿Qué?

Cecilia miró fijamente a Enzo.

«¡Nunca imaginé que serías ese tipo de primo!», pensó.

—¿De verdad estás tan obsesionado con un autor de libros prohibidos?

Enzo se rascó la cabeza.

—Oye, todos tenemos nuestros pequeños gustos culposos, ¿no?

Cecilia le lanzó una mirada llena de intención a Máximo.

«¿Y le llamas a eso gusto culposo?», se cuestionó.

Eso estaba a punto de convertirse en conocimiento de dominio público.

—Es que sus historias de verdad son buenísimas, y lo del material indecente era algo secundario, casi todo lo que escribía era sobre robar tumbas.

—Tenía una forma excelente de crear suspenso, la lectura era súper intensa.

Ese había sido el primer libro de saqueadores de tumbas que Enzo había leído en su ignorante juventud, y vaya que lo había disfrutado.

—Intensa y muy sugerente, querrás decir —lo interrumpió Máximo—. El protagonista de ese autor siempre se la pasaba jugando con la muerte, y terminaba teniendo unos amoríos sobrenaturales con los cadáveres de mil años de antigüedad.

Cecilia jamás había tocado esa clase de literatura tan de nicho, pero solo con sumar un nivel de intensidad al otro, ya se imaginaba que ese escritor era alguien sumamente retorcido.

—¿Y neta lo metieron a la cárcel nomás por vender y distribuir esos libritos?

La cara de Enzo se descompuso aún más.

—Bueno, no... lo acusaron de otra cosa.

—¿Por saquear tumbas? —Sin necesidad de que Enzo lo dijera, Cecilia ya lo había deducido.

Resultaba ser que el hombre vivía en carne propia lo que narraba, combinando sus vivencias reales con las fantasías de sus historias.

De pura casualidad sus libros se volvieron famosos, hasta el punto de ganar un grupo inmenso de fans.

Al menos, hasta que las autoridades lo investigaron y lo encerraron en prisión.

Enzo le levantó el pulgar a su prima en señal de aprobación.

—Era de esperarse de la chica con el mejor puntaje en el examen de admisión de todo el país. Lo adivinaste a la primera.

Cecilia no tenía ninguna intención de aceptar sus halagos.

De hecho, sentía unas ligeras ganas de desmarcarse y no asociarse con él.

Enzo se dio cuenta al instante y se apresuró a justificarse:

—¡A ver, a mí no me caía bien como persona, solo me encantaba lo que escribía!

—Y ahorita ya borraron todo rastro de eso en internet, así que el libro es prácticamente una reliquia irremplazable.

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