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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 839

—¡Ah, muy bien! ¡Echándome montón entre los dos, ¿verdad?!

—¡Ahora sí te creo que es de tu familia!

Con esos movimientos tan certeros, seguro ya lo había hecho muchísimas veces.

El golpe de la mesa solo logró derribar a Máximo, pero no le iba a causar ninguna herida de gravedad; a lo mucho le saldría un moretón.

A fin de cuentas, era un hombre grande, no estaba hecho de papel.

Pero haber sido tirado al piso por la primita de Enzo era algo que su orgullo no podía soportar.

Para empeorarlo, Enzo comentó con toda la calma del mundo:

—¿Qué es eso de "echar montón"? ¿Qué no fuiste tú el primero en intentar agredirnos?

Máximo lo miró furioso.

—¡Si todavía ni siquiera había movido un dedo!

—Entonces mi prima anticipó tus movimientos y decidió atacar primero.

Enzo lucía una sonrisa de suficiencia.

Igual ya habían terminado de comer de esa mesa.

Era hora de irse; en cuanto al costo de los platos rotos, mejor que Máximo lo pagara de su bolsillo.

—¡Uy, sí, qué hábil es tu prima!

Máximo soltó un bufido frío.

—¿Y encima de que me agreden, quieres que yo pague la cuenta?

Enzo tenía muy claros sus argumentos.

—El que busca, encuentra. Y vamos, el señor Cordero no va a estar tan quebrado como para no poder pagar unos platos rotos, ¿o sí?

Máximo apretó los dientes, rehusándose a seguir discutiendo por culpa de una mujer.

—¡Está bien, yo lo pago! Pero escúchame bien, Enzo: ¡deja de esconderte detrás de ella como un cobarde!

—¿No que ya habías aceptado correr contra mí? ¿Ahora resulta que te echaste para atrás?

Antes, Enzo solía ser un apasionado del automovilismo, pero había estado en un accidente; si bien no sufrió heridas graves, había visto morir a uno de los competidores justo frente a él.

Había sido una muerte espantosa, su cuerpo quedó completamente deshecho por el impacto.

Solo pensar en volver a meterse a una pista le causaba verdadero terror.

Sin embargo, jamás le había confesado a nadie el trauma que aquello le había dejado.

Máximo solo recordaba que, de adolescente, a Enzo le fascinaba la velocidad. En aquellos tiempos todos eran unos fanáticos de las motos y los arrancones.

Por eso seguía insistiendo en arreglar sus diferencias sobre el asfalto.

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