—No quiero terminar siendo el peón de nadie.
La forma en que Fabiana se aprovechaba de él pesaba más que lo que supuestamente sentía por él.
Eso lo dejó muy molesto.
En aquel entonces, Enzo todavía estaba chavo y era un tanto rebelde.
Prefería que una mujer lo quisiera por lo que era, sin intereses de por medio, y no por el dinero o las influencias de los Ortega.
—¿Tú crees que fui demasiado exigente con ella?
Enzo iba pedaleando la bicicleta despacio mientras llevaba a Cecilia de regreso, contándole los detalles de aquel romance de su adolescencia.
Para un muchacho de esa edad, el amor debía ser puro; pero la chava que le gustaba solo lo veía como un boleto de salida.
Y bueno, habría aceptado que lo usara si ella hubiera estado contra la pared.
Pero el colmo fue que, tras haberle tendido la mano, todavía le llovieran reclamos y hasta le exigiera más cosas. Eso ya no le pareció nada bien a Enzo.
Él no iba a ser el chivo expiatorio de nadie. Ya que Fabiana no supo valorar la ayuda, hasta ahí quedó el asunto.
Él se lavó las manos, y Fabiana, por su lado, se quedó como tonta.
Tal vez nunca se imaginó que los sentimientos de Enzo se iban a apagar tan rápido.
—No fuiste exigente, simplemente no dejaste que te vieran la cara —le respondió Cecilia, convencida de que ambas hermanas Medina eran, en esencia, la misma clase de persona.
Solo que a Adriana se le notaba a leguas, mientras que Fabiana era más recatada.
Quizá el trato distinto que les daban en su casa fue lo que moldeó esos dos tipos de carácter.
—Exacto, ¿a quién le gusta que le vean la cara de tonto?
—Corté contacto con ella por completo, y estos años estuve harto de que Máximo me hablara de la tal Adriana.
Cecilia sentía que la mentada hermana mayor, Fabiana, de verdad no tenía dos dedos de frente.
Si se hubiera agarrado bien de Enzo, ¡el resto de su vida hubiera sido miel sobre hojuelas!
A la larga, los Medina hubieran tenido que rogarle a ella y su objetivo también se habría cumplido, ¿no?
¿De qué servía mendigar la atención de sus papás? En el futuro, habrían comido de su mano.
Por enfocarse en migajas, terminó perdiendo el banquete entero.
¡Definitivamente le faltaba madurar!
—Mira, Enzo, la verdad yo creo que el dinero no es tan importante como tener cerebro.

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