Cecilia le dio un toquecito a Enzo, y él se acercó en su moto hasta quedar frente a ellos.
—¿Qué están haciendo?
Ante su grito, el chico del corte de tazón, su grupo y las dos chicas miraron a Enzo al unísono.
—¡No te metas en lo que no te importa!
El del corte de tazón había escuchado rumores sobre ese tipo; al parecer, no era alguien a quien conviniera ofender. Pero en ese momento ya no le importaba. Esas dos mujeres lo habían humillado, y tenía que darles una lección.
—Eres el colmo; como no das la talla, buscas problemas cuando ya acabó todo —dijo Enzo, mirando al del corte de tazón—. Si no sabes perder, no te metas a competir.
El del corte de tazón se puso furioso al sentirse humillado.
—¿Quién no sabe perder? Solo quería hacer amigas. ¿Yo qué iba a saber que estas dos se iban a portar tan pesadas? Todos andamos en el mismo ambiente, tarde o temprano nos vamos a topar...
No había terminado de hablar cuando Cecilia lo interrumpió.
—Por eso tienes que acostumbrarte a que los demás sean mejores que tú. Si andamos en el mismo ambiente y pierdes a cada rato, ¿qué no deberías estar ya acostumbrado?
—¡Tú...! —El del corte de tazón no esperaba encontrarse con alguien de lengua tan afilada. ¿Cómo que acostumbrarse a perder tantas veces?
Esa noche simplemente no había tenido un buen desempeño. Si hubiera corrido como siempre, ¡jamás habría perdido contra una mujer!
—Y no te ofendas —continuó Cecilia—, pero dejando a un lado que esa chica te ganó, ¿me creerías si te digo que yo también puedo vencerte? No serás tan iluso como para creer que eres el rey de la pista, ¿verdad?
Las palabras de Cecilia lo hicieron enfurecer al instante.
—¿Tú vas a ganarme? ¿Pues quién te crees que eres?

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