Si lo había dicho, era señal de que no pensaba perder. Un millón de pesos era carnada suficiente para hacer que el tipo mordiera el anzuelo.
¿Acaso no se había desquitado con dos chicas solo por perder quinientos mil? Con un millón sobre la mesa, Enzo dudaba mucho que pudiera resistirse.
Dicho y hecho. En cuanto el chico del corte de tazón escuchó la cantidad, se le iluminaron los ojos y aceptó sin siquiera pensar si podría conseguir ese dinero.
—¡Hecho! ¡Es un trato! Solo espero que el joven Enzo no se eche para atrás.
Juzgaba a los demás por lo que él mismo haría, y le daba miedo que Enzo no le pagara.
—¡Esperen! —Ximena, al ver que la estaban defendiendo con una apuesta tan alta, se sintió culpable.
El del corte de tazón la miró de mala gana.
—¿Qué pasa? ¿Tú también le vas a entrar a la apuesta?
El trato ya iba en un millón. Si Ximena se animaba a sumarle los quinientos mil de su premio, él sería el más feliz.
Ni por un segundo contempló la posibilidad de perder. En su mente, tal vez no le ganaba a una experta como Ximena, pero ¿apoco iba a perder contra una cara bonita como Cecilia?
La escuincla traía puesto un vestido; se veía tan frágil que claramente no servía para andar en moto. Si sabía manejar, era puro nivel novato. Quién sabe, a lo mejor se había montado en más hombres que en motos. Sin duda, sus pensamientos eran tan asquerosos como él.
—Ella va a poner un millón si pierde. Si tú pierdes, ¿con pedir perdón te libras? —preguntó Ximena.
¿Qué tenía de malo? El chico del corte de tazón sabía perfectamente que llevaba las de ganar. Para él, era un negocio redondo donde no había manera de salir perdiendo. No le molestaba armar un poco más de circo con tal de que Enzo soltara la lana con gusto.

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