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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 861

—¿A qué hora nos organizamos para mañana?

Cecilia terminó aceptando; al fin y al cabo, era un buen gesto de su familia y no tenía caso seguir negándose.

—A las nueve de la mañana. No solo hay que probarse los vestidos, sino también checar el maquillaje y el peinado.

Estaba bien.

Después de confirmar, Cecilia se fue a dormir de prisa.

Al día siguiente, cuando despertó, ya eran las ocho.

Menos mal que todavía tenía una hora. Buscó en el clóset ropa fácil de poner y quitar, y salió de su habitación.

Su tía Lourdes la llamó desde el comedor para que desayunara.

El desayuno de la familia Ortega no era de esos exageradamente abundantes que suelen presumir los ricos; solo preparaban algunos platillos según el gusto de los dueños, pero cada uno era exquisito.

—Buenos días, tía Lourdes.

Cecilia la saludó.

Lourdes le acercó un vaso de leche.

—Pruébala, es la que acaban de traer del rancho. Sabe mucho mejor que la de antes.

Cecilia sabía que las familias de la alta sociedad, como los Ortega, tenían sus propios ranchos privados.

Siempre que se trataba de comida, los Ortega daban prioridad a lo que producía su propia tierra.

Si no lo tenían, buscaban la forma de producirlo ellos mismos.

Y solo cuando era imposible producirlo de inmediato, buscaban canales para comprarlo.

La familia Ortega no solo tenía ranchos en el país, sino también en el extranjero.

La gente rica nunca escatimaba en gastos para sí misma.

Cecilia ahora también era inmensamente rica, así que, claro, no iba a negarse a disfrutarlo.

Cecilia le dio un trago a la leche fresca. Al toparse con la mirada tierna y cariñosa de Lourdes, levantó el pulgar.

—El sabor está increíble. Dulce y muy cremosa.

—Si te gusta, toma más —dijo Lourdes, sonriendo satisfecha—.

»Supongo que Valentín ya te lo comentó, ¿verdad? Después de desayunar, nos vamos a escoger tu vestido.

—Lisa, resérvame estos tres por un día.

Lourdes era amiga de la dueña del estudio y, como había comprado ahí infinidad de veces, obviamente le daban un trato preferencial.

—Quiero el vestido blanco con perlas. Hablé por teléfono hace rato y me dijeron que todavía lo tenían.

Justo cuando Cecilia y Lourdes bajaron las escaleras, escucharon a alguien quejándose en la recepción.

Un vestido blanco con perlas, cada una cosida a mano... ¿No estaría hablando del mismo que ella se acababa de probar?

—Lo siento mucho, señorita Alcántara, pero otra clienta ya se está probando ese vestido —explicó la recepcionista con mucha paciencia.

—¿Cómo es que hace rato nadie se lo estaba probando y ahora resulta que sí?

Era evidente que la señorita Alcántara estaba molesta.

Le había echado el ojo a ese modelo en el instante en que lo vio, más que nada porque pasado mañana iba a acompañar a un hombre muy poderoso a una cena.

Ese evento era su oportunidad para codearse con la gente más adinerada de la alta sociedad, y la señorita Alcántara no pensaba desperdiciarla.

—Así es, pero las clientas llegaron antes que usted. Solo podremos ofrecérselo si ellas deciden no llevarse ese modelo.

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