La actitud de la recepcionista se mantuvo firme, sin perder el respeto.
Había atendido a incontables mujeres de la alta sociedad; una artistilla de medio pelo no iba a venir a intimidarla.
—¿Y ya terminó de probárselo? ¿Ya decidió si se lo lleva o no? ¡Si todavía no se decide, ve a preguntarle! ¡Llevo prisa! —exigió la señorita Alcántara, que tenía compromisos de trabajo en la tarde y no podía perder el tiempo.
La recepcionista ni siquiera borró la sonrisa.
—Las clientas siguen arriba, no podemos interrumpirlas.
»Si tiene tanta prisa, señorita Alcántara, puede echarle un vistazo a los otros vestidos, o si gusta, puede esperar un momento.
Fátima Alcántara estaba que se la llevaba el diablo.
Estaba segura de que, si se tratara de una actriz famosa, la recepcionista habría salido corriendo a meterles prisa a las otras clientas.
Pero como ella no era muy conocida y no tenía a nadie poderoso que la respaldara, la trataban como si no existiera.
Le había pedido que fuera a apresurarlas y la mujer se había negado.
Eso la hizo enojar todavía más.
Ya verían. En cuanto llegara a la cima, todas esas personas cambiarían de tonito con ella.
—Es que ese es el único que me gusta.
En realidad, al hombre que la patrocinaba le fascinaba el color blanco.
Él tenía una obsesión con ese color. Si Fátima quería ganarse su favor, tenía que darle por su lado.
—Entonces tendrá que esperar.
La recepcionista mantuvo su sonrisa corporativa.
Fátima estaba furiosa.
Se quedó esperando hasta que Lisa acompañó a Cecilia y Lourdes a la planta baja.
—¡Lisa! —Fátima corrió hacia ella.
Conocía a Lisa porque era la asesora de imagen de la boutique.
Había comprado ahí un par de veces y pensaba que se llevaban bastante bien.
Pero Lisa no tenía ni idea de quién era.
Aun así, era una profesional y no dejaba cabos sueltos.
Miró a Fátima con una sonrisa y le dijo:
—Corazón, dame un segundito.

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