Gonzalo y su esposa empezaron desde cero, y les costó años llegar a donde estaban.
A esas alturas de su matrimonio, la chispa se había apagado; lo único que los mantenía juntos era la costumbre y el cariño familiar.
Hace mucho tiempo que cada quien hacía su vida por su lado.
Él se buscaba a sus muchachitas, y ella a sus jovencitos.
Solo frente a sus hijos jugaban a ser los padres perfectos.
En cuanto Gonzalo se enteró de que se trataba de la boutique a la que siempre iba su mujer, la llamó directamente para pedirle que le echara la mano.
Adara, que estaba en el salón de belleza disfrutando de un masaje de cuerpo entero a manos de un joven muy guapo, no pudo aguantar la risa al escucharlo.
—¿A cuál de tus amiguitas le andas viendo vestidos ahora?
Adara pensó que Gonzalo tenía algún compromiso de negocios. Si quería llevarse a su amante en turno, adelante. A ella no le quitaba el sueño.
Sintió las manos del masajista deslizarse por su piel y cerró los ojos, dejándose llevar.
Ya no era ninguna jovencita y los años no pasaban en vano. Tener dos hijos le había dejado marcas en el cuerpo que ya no tenían remedio.
Por muchas cremas o tratamientos estéticos que se hiciera, nunca iba a poder competir con una mujer en sus veintes.
Igual que Gonzalo jamás podría competir con el encanto de Alfonso, el muchacho guapo que la estaba atendiendo.
¿Cómo iban a compararse las lonjas de su esposo con el abdomen marcado de ese joven?
—Es una actriz. —A Gonzalo le fascinaban las famosas y no tenía ni un poquito de pena de admitirlo frente a su esposa.
—Ay, por favor, una simple actriz. ¿No sabes que en el Estudio Silueta los diseños que son pura venta superan el millón de pesos?
Adara sonó algo irritada.
A ella también le encantaba soltar dinero para consentir a sus muchachos, pero no cabía duda de que sus caprichos salían mucho más baratos que mantener a esas actrices.
¿Gastar más de un millón de pesos en un trapo para una famosilla? ¿Se había vuelto loco?
Con esa cantidad bien podría comprarles un carro a sus propios hijos.
Gonzalo se quedó frío.
—¿En serio es tan caro?
Dinero le sobraba, pero tampoco le gustaba tirarlo a lo pendejo.
—¡Pues claro!
—Bueno, te lo compro a ti. Me acompañas pasado mañana a la fiesta del señor Esteban Ortega.


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